viernes, 28 de octubre de 2011

Uno de esos días en los que no debería haber despertado.

Negro. Todo negro. Hay días en los que lo ves todo de ese color, en los que las sombras invaden tu alma y en los que el dolor se apodera de ti. Día largos e interminables, días amargos, días que duelen, días que no son días. ¿A veces no os da la sensación de que todo os sale mal? ¿De que se os viene encima una avalancha de sucesos fatídicos? ¿Por qué todo sucede en el mismo instante? ¿Por qué hay temporadas en las que no levantas cabeza? Sin duda, eso me pasa a mí y no sé si será el frío y lluvioso otoño de Madrid el que me crea este sabor ácido en la boca, esa sensación en el pecho que me hace sentir el corazón aplastado, roto, magullado, mutilado por la realidad...

Es cierto que no me puedo quejar. Tengo una vida cómoda, apacible e incluso bonita. Pero aún así, ¿no tengo derecho a hacerlo? ¿no puedo quejarme? ¿tengo que estar muriéndome de hambre para poseer ese derecho? Lo cierto es, que aunque mi vida está más o menos "solucionada", a veces el dolor del alma es el más fuerte. Puede que parezca muy pesimista, una emo, pero hoy es de esos días en los que me he despertado con el pie izquierdo, con ganas de escribir, pero también de gritar, de llorar, de escapar, de correr. Con ganas de todo y de nada. Varios acontecimientos dañinos he vivido estos días... Satán, ¿por que la tomas conmigo? Sufrimiento por el sufrimiento de seres queridos, personas a las que amamos que nos dejan, dudas, miedos, tristeza... me atrevería a mencionar la palabra soledad. Tantas lágrimas guardadas que no resbalan por mis mejillas pero sí desgarran mi alma... Ojos brillantes que desean expresarse y desbordar un torrente de tristeza, pero que por vergüenza o por no "molestar" a los demás no lo hacen. Sólo las niñas lloran, ¿no?

Una semana ajetreada... una semana percibiendo el olor de hospital, pero a su vez el olor de la muerte. Cuando un problema resulta ser más leve de lo esperado y se soluciona, sucede un problema más grande, más oscuro, hasta que llega a unos límites dolorosos, hirientes. La muerte. No me conocéis ni sabéis de quién hablo, pero supongo que os podéis imaginar el dolor que se siente cuando un familiar, un ser querido fallece. Se va sin avisar. No dice adiós. A su alma no le importa los llantos que se desencadenan por su huída. Un ambiente de luto, de lágrimas amargas, de suspiros apagados, de tristeza.

Pero no es sólo eso... Es en un día cómo estos en los que te da por pensar y reflexionar. Olvidas tus estúpidas obligaciones y responsabilidades, te concedes el lujo de evadirte del mundo y sólo dedicarte a pensar. Pero por desgracia, en esos momentos sólo pensamos en cosas malas, en lo que nos hace daño, en lo que hace que nos consumamos día a día, en nuestras carencias y puntos débiles, en esos deseos que parecen no cumplirse nunca... Yo que me creía la mejor, y llego a la Universidad para darme cuenta de que soy mediocre, de que allí todos son iguales o mejores que yo. Que no destaco. Me siento aplicada por leer el periódico y expresarme de vez en cuando en este blog. "¡Oh, ya soy periodista!"  Pero luego te das cuenta de que tus compañeros no sólo son inteligentes, si no que ellos se pasan el día analizando noticias, acudiendo a charlas y conferencias, que incluso han participado en programas de radio y tienen periódicos online, que tienen un nivel "nosecuanto" de Inglés, que han viajado hasta la Conchichina... Y tú te ves normal. Te ves mediocre. Te ves tan simple... Tú, que tu máxima alegría es salir al parque a tomar unas pipas. Tú, que tienes una cabeza plagada de sueños y esperanza, pero que a veces te da la sensación de que tus esfuerzos no te van a servir de nada, de que tus virtudes son pequeñas, de que mucha gente te va a superar y va a vencerte en tu lucha... No sé que me pasa ni por qué digo todo esto, pero tengo que decirlo, debo decirlo. Es un mal día, tengo ganas de dar patadas a mi pared, pero como no es algo políticamente correcto me limito a transformar este negativo sentimiento en negras palabras, en negras palabras que nunca leeré, que quedarán guardadas para mí, que me pertenecen y me dañan a la vez. Mis palabras.



Sin embargo, al final de todo túnel siempre hay una luz. Gracias por salvarme.

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