sábado, 1 de octubre de 2011

Elizabeth

Él lo supo nada más verla. No hicieron falta más de 15 segundos. Él la miraba fijamente, la examinaba, pero ella estaba enfrascada en su libro de Oscar Wilde, por lo que no se percataba de nada. Para él no existía nada más, nadie más. La gente hablaba a gritos, mientras que otros no molestaban porque estaban ensimismados escuchando música con sus iPod y demás.
Él lo pensó... ¿a qué velocidad irían exactamente? Sin duda a mucha, el tren era así, pero los pasajeros no lo notaban.
Él seguía observándola. No podía dejar de hacerlo. Sus cabellos morenos eran largos,lisos y sedosos. Sus ojos, de un azul intenso. Su piel pálida, gélida. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes color negro, con las uñas del mismo color. Lo cierto es que apenas llevaba maquillaje, aunque sus ojos se veían resaltados por un marco negro intenso. Tenía un pearcing en la nariz. Y respiraba. Respiraba agitadamente. Él podía verlo en su pecho. Subía y bajaba en rítmicos movimientos.
Y sus venas... Las venas de sus manos, las de su cuello. Su cuello...
¿De qué sabor sería su sangre? Dulce como su rostro, o picante como su cuerpo... no cabía duda.

El tren se adentró en la oscuridad del túnel. Todo se volvió negro, del negro azabache del pelo de la joven. Percibía su aroma. El aroma de su sangre.
Se imaginaba con ella entre sus brazos, estrechandola fuerte, hasta que la costara respirar. Fantaseaba con acariciar lentamente su helada piel. Y poco a poco, acercarse hasta su cuello. Otra vez su aroma. Oía los latidos nerviosos de su corazón. Se acercaría más. Su piel era del color de la nieve. Pero una nieve roja. Una nieve roja y caliente. El líquido intenso se derramaba por su cuello. El contraste era bellísimo. Blanco y rojo. Un rojo intenso y oscuro. Su rostro inmóvil. Sus ojos bien abiertos. Pupilas dilatadas. Azul olvidado. Sus cabellos resbalando entre los dedos de él. Su frágil cuerpo colgando. Un vestido blanco, más blanco que su piel. Suelo frío. Música de ópera de fondo. Venas latiendo. Más sangre. Sangre en el vestido blanco. Sangre en su piel. Sangre en la boca de él, entre sus dientes, en su lengua. Sangre a borbotones. Sangre en su camisa. Sangre, sangre, sangre.

Llegó la parada de ella. Con gráciles movimientos se levantó del asiento y esperó a que se abrieran las puertas. Se cerraron. él la miró irse. Estaba a salvo. Por esta vez. Pero sus fantsías se harían realidad, aunque ahora era pronto. Pero era ella. Sabía que era ella. En ella estaba su elixir, su ambrosía. Con ella llegaría a las entrañas del infierno. Ardería junto a su cuerpo. Volvería a verla. Estaba seguro. La vio alejarse. El tren se puso en marcha. Y antes de perderla de vista, los ojos de ambos se encontraron.

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