El joven se miró las manos, plagadas de heridas y llagas, y de venas marcadas y largas falanges. Sus puntiagudos codos reposaban sobre las escuálidas piernas, mientras sus ojos castaños apenas observaban, estaban nublados, no querían ver. El dolor en su estomágo era punzante y mortífero, apenas podía soportarlo más. Era el hambre el que le devoraba a él mismo, y estaba tan deshidratado que apenas era posible que en sus ojos nacieran lágrimas. Oía esas voces autoritarias que tanto le martirizaban, además de algunos sollozos de los que todavía tenían algo de fuerzas. No, no podría soportarlo mucho más.
Como cada día, Marcus llegó de la escuela a la librería de su padre, saludándole con el cotidiano beso en la mejilla. Subió apresuradamente las escaleras para llegar a la vivienda, dónde su madre preparaba un delicioso estofado. Los ojos de ella se iluminaron al ver a su hijo. Era el pequeño, sólo 11 años, era su Marcus. Natasha estaría a punto de llegar del instituto; así lo hizo, con su cabello castaño recogido en una coleta. Saludó a su familia jovialmente, y cuando el padre cerró la librería, la familia reunida almorzó, hablando de los profesores que tenían manía a una y de los goles que había metido otro en el recreo.
Los años pasaron. Marcus crecía. Sus padres ya no eran felices, y observaba tristemente como su padre se encontraba en un continuo nerviosismo. Incluso se dió cuenta de que mucha gente los miraba con gesto ufano, e inclusó en una ocasión un estirado muchacho que parecía un soldado llamo a su padre "alimaña". ¡Alimaña! A su padre... el librero más honrado de su calle. El hombre más bueno del mundo. El joven Marcus decidió replicar, pero icnreiblemente su padre le tapó la boca con las manos. Algo extraño ocurría...
Estrella amarilla. Habían pintado es ese símbolo en la puerta de la librería de su padre. Era la estrella judía. Los clientes, por supuetso, disminuyeron.
20 de abril. Cumpleaños del Fuhrer. La quema de libros. Marcus apenas pudo soportar, a sus 13 años, las lágrimas acumuladas en los ojos de su padre al ver como los soldados de las esvásticas saqueaban su librería, su amada librería, el negocio familiar, los libros. Amados libros... cunas del saber. Sin embargo, supuestamente no eran libros adecuados para el régimen. Fueron quemados, por supuesto, y no sólo fue el humo lo que hizo ahogar sus sentimientos.
Un año después. Terror en las calles. Los soldados invaden el barrio judío al grito de "Heil Hitler!". Las cosas no van bien. Se los llevan. Marcus y su padre por un lado. Natasha y la madre por otro. Se separan. Lágrimas. Gritos. ¿Por qué?
14 años recién cumplidos. Pero estaba sólo. No sabía nada de su bondadosa madre ni de su hermana. Lo peor era que su padre había desaparecido. Se lo habían llevado. No se atrevió a preguntar.
El tiempo pasaba. Trabajos infrahumanos, condiciones paupérrimas. Miedo, represión y silencio. Marcus sufría sólo. Apenas comía, tan sólo ese pan grisáceo que le daban cada dos días para que el muchacho aguantara y siguiera siendo utilidad. Utilidad... Si no eres útil, no sirves de nada, no tiene sentido que sigas viviendo en un campo de exterminio. Y Marcus no quería desaparecer. No. No quería desaparecer como su padre...
Ese día estaba descansando. Los soldados no le vigilaban y había aprovechado para dejar por el momento su duro trabajo, sentándose sobre unos ladrillos y otros materiales. Por eso, Marcus había tenido algo de tiempo para recordar su pasado, su trágico pasado. Sus ojos cansados observaban a su alrededor. Estaba sólo. Como siempre. Observó su sucio "uniforme", si es que se le puede llamar así. Un día fue azul, ahora era de un gris extraño. Seguía teniendo hambre, pero eso ya no le importaba. Observaba el humo. El campo de exterminio estaba plagado de chimeneas. Marcus no era tonto, era el humo de la muerte. Sabía lo que significaba. Lo pensó unos instantes. Y decidió. Hacía demasiado tiempo que no decidía nada. ¿Por qué iba a hacerlo? Sólo era un judío.
Y en ese momento, justo ese día, decidió acabar él mismo con su tormento. No iba a dejar que fuera el Fuhrer quien lo hiciera. Apretó con fuerza el afilado trozo de ladrillo que tenía entre sus manos. Se lo colocó en el pecho, en el lado izquierdo, en el corazón. Y antes de presionar, de sus labios se escaparon unas últimas palabras. "Heil Hitler".
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