Cada vez que el pincel acariciaba el suave lienzo, él sentía un escalofrío de placer; suspiraba. Los colores se fundían, se extendían, cobraban vida, eran vida. Mil formas empezaban a aparecer, sinuosas siluetas, brillantes tonalidades, aromas apetecibles. El artista pasaba las noches creando arte en su ático de París, observando por la ventana la silueta de la Torre Eiffel, bajo la que los enamorados pasaban, dándose su primer beso o quizá el séptimo. Una mezcla de olor a pan, a rosas y a pintura invadía la habitación. El artista seguía pintando e intentando plasmar la noche parisina, la cual sería llamada Noche estrellada por el mismísimo Vincent Van Gogh.
Las pisadas por el caliente suelo de madera apenas sonaban, por lo que el artista no advirtió la presencia de aquella dama semidesnuda de cabellos dorados y pies descalzos. Sólo cuando percibió su perfume se giró a mirarla, contemplando el espectáculo más maravilloso de su existencia, una Venus, una sirena, su musa. Vestida tan sólo con una camisa blanca del propio artista, lucía sus largas y pálidas piernas, dedicándole una mirada dulce con esos ojos grisáceos que reflejaban tantas cosas... Como hacía todas las noches, ella se tumbó en aquel sillón del siglo XVI justo delante del atractivo captador de arte. Con un grácil movimiento, la ninfa se soltó el improvisado moño, dejando que us cabellos de trigo descansaran sobre su cuerpo. Su boca pequeña, sus labios gruesos, sus pestañas infinitas, su cuerpo de azúcar.
No se sabe cuánto tiempo pasó. Él trabajaba sin descanso, con furia y a la vez dulzura, permitiendo que las salpicaduras de color celeste mancharan su pequeña nariz, mientras su ceño se fruncía sobre sus ojos azules con gesto de concentración. Mientras tanto, ella desnuda, enjoyada, posando pero tranquila. Una sonrisa inocente, unos ojos puros, su perfume.
Esa noche fue engendrado la mayor manifestación de belleza, el arte jamás concebido. Su retrato descansaba mirando hacia la rosa noche parisina, mientras sobre el elegante sillón era testigo y partícipe de la mayor manifestación de amor.
No sólo palabras, no sólo besos, no sólo caricias, no sólo suspiros... era más que eso. Era un amor que llevaba gestándose mucho tiempo (en silencio). Ella, de una familia rica y poderosa, estaba destinada a casarse con un galán que tenía de todo menos corazón. Él, un humilde artista cuya función era darle vida a los colores y perderse por las calles de París en busca de inspiración. Pero llegó un momento que fue inevitable, que sus labios se encontraron, que no pudieron callar, que decidieron luchar y olvidarse del resto del mundo.
Arte, amor y belleza. Era eso lo que reinaba en esa habitación, mientras el recién creado retrato observaba con curiosidad como una mujer de sedosos cabellos oscuros vendía rosas a una pareja, del mismo rojo intenso de los labios de la muchacha.
Los primeros rayos de sol abrieron los enormes párpados de la musa, que se detuvo a observar a su amante yacente durante unos instantes. Se incorporó delicadamente y, antes de comenzar a vestirse con sus aterciopeladas ropas, disfrutó del placer de observar la obra acabada de su amor. Su retrato. Miró maravillada su propio rostro, se reflejó en él.
Y sonrió.
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