Se zambulló en la piscina con un salto ágil y elegante. Sus piernas penetraron rectas e implacables en el agua y sus gráciles brazos, extendidos. Sintió cómo el agua templada empapaba su bañador azul marino y su larga melena color chocolate. Casi rozó los pequeños azulejos del fondo con su duro vientre, pero lo evitó en el último momento con un impecable movimiento. Buceó dando grandes brazadas y expulsando numerosas burbujitas de la nariz y la boca. Seguidamente, dejó que sus pequeños pies se posaran en el fondo y se tensaran para coger impulso. Y así, salió a la superficie de golpe, exhalando una buena bocanada de aire y permaneciendo quieta en medio de la piscina. Dejó que sus enormes párpados taparan aquel iris azul celeste y así, con los ojos cerrados y el suave rostro lleno de gotas de agua, se dejó llevar por la euforia y el placer que le provocaba la piscina. Y es que, sin duda alguna, aquel era su momento favorito del día.
Discusiones en casa, peleas en clase, un día de cielo color ceniza... Simplemente tenía que zambullirse en la gua para olvidarse de todo eso. Era bastante buena nadadora y dominaba todos los estilos. Sus brazadas eran contundentes pero elegantes y su cuerpo se contorsionaba como el de una sirena. Lo que más le gustaba era bucear, pues se sentía protegida entre tanta agua. Sus extremidades eran largas, su tronco era fino y sus músculos eran duros y fuertes. Poseía un cuerpo fino, femenino y delicado, aunque escondía una gran fuerza y potencia en sus piernas de acero y en aquellos brazos que exploraban en aquel mar de cloro. Mientras buceaba, le gustaba ver cómo sus cabellos parecían todavía más lisos y sedosos bajo el agua, desprendiendo un brillo metálico. Se le antojaban como finas anguilas que se dejaban llevar por una corriente imaginaria que las impulsaba por el fondo de aquella piscina azul. También le gustaba detenerse en medio del rectángulo, también en el fondo, para hacerse un ovillo y observar cómo una capa de burbujas cubría sus rodillas y sus brazos. Después de cerrar los ojos unos instantes, miraría hacia arriba, desde donde el sol filtraba sus tímidos rayos de sol. Y así, entre burbujas y olor a cloro, ella se perdía en sus fantasías, imaginándose que recorría el mar buceando y se dejaba acariciar por peces de sedosas escamas y vivos colores.
Pero aquel día, todo fue diferente. Cuando llegó a la otra "orilla" de la piscina tras hacerse un par de largos en estilo mariposa, sus manos buscaron casi con deseo el borde de la piscina. Estaba exhausta, le costaba respirar y su visión estaba nublada. Con casi todo su cuerpo sumergido, apoyó su mejilla derecha sobre el bordillo de piedra, cerrando los ojos y dejando que la respiración se acompasara. Sentía que su corazón latía desbocado y que su pecho estaba a punto de estallar de un momento a otro. Tal era su cansancio y sus divagaciones en otros pensamientos lejanos, que no se percató de una nueva presencia. No fue hasta que levantó ligeramente la vista y se encontró con unas Converse muy nuevas y cuidadas. Y tras recorrer con la mirada los elegantes vaqueros negros y el sencillo polo de algodón,llegó a su cara. Era el rostro más bello que había visto jamás. Su nariz era grande y recta, diviedindo la cara en dos partes prácticamente simétricas. Su mandíbula era cuadrada y varonil, y sus labios gruesos pero discretos. Su piel era suave y nada grasienta y sus manos eran grandes y bonitas. Sus espesas cejas estaban perfectamente delineadas y cuidadas, y cubrían cual tejadillo unos ojos grandes y color verde oliva. Por último, su cabello no era demasiado corto, y lucía un castaño claro muy acorde con su suavidad. Y así, con la boca abierta, la melena empapada y los ojos enrojecidos por el cloro, ella sonrió y decidió hacer algo: era la primera vez que saldría a la superficie con seguridad, firmeza y, sobre todo, sin reparo a mostrar sus sentimientos.
Y es que no todos los días nos visita el amor. Y menos en una piscina de un viejo polideportivo de un pequeño barrio.
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