sábado, 9 de marzo de 2013

Estúpido vestido.

¡Maldito vestido! Se le ceñía demasiado a la cintura y apenas permitía que su pecho respirase. Además, sus curvas femeninas se remarcaban mucho. Demasiado...

Su reflejo le devolvió una mirada burlona. ¿Qué diablos estaba haciendo? El vestido azul celeste dibujaba un prominente escote, dejando ver gran parte de sus pequeños y tersos pechos. Poco a poco, a la altura de las caderas, la prenda se abría en una vaporosa falda de suave textura. No se veían sus pies, pero ella podía sentir lo ajustados que le quedaban aquellos zapatos de terciopelo y cómo el altísimo tacón le dotaba del papel de acróbata. Parecía estúpida. Paseó entre sus dedos uno de sus mechones, un bucle dorado cuidadosamente trabajado. Miró su rostro. Un ligero toque de colorete coronaba sus pómulos marcados, mientras que la suave sombra hacía que sus ojos color esmeralda parecieran todavía más grandes. Pero lo peor eran los labios... Jamás se los había pintado. Le parecía realmente incómodo barnizar su boca con una pegajosa capa de barra de labios. Sin embargo, esta vez su boca lucía un intenso tono bermejo que realzaba todavía más la blancura de sus dientes y de su piel.

Escuchó voces. Los invitados estaban llegando. Faltaban apenas unos minutos para conocer a una serie de estúpidos y remilgados hombrecitos. Sabía que le regalarían mil cumplidos y que le besarían la mano con delicadeza y pedantería. ¡Todos estúpidos! Se los imaginaba: ridículos trajes de seda, labios brillantes y un lenguaje exageradamente barroco. No tenían nada que ver con él. Suspiró al recordar sus fuertes manos bronceadas, su espalda ancha y sus hombros torneados. Sí, no tenían nada que ver con aquellos ojos color miel y esa sonrisa varonil a la par que dulce.

Y por todo aquello, por una vez se permitió el lujo de seguir lo que su corazón le dictaba. Jamás acudiría a aquella fiesta.

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