Por fin se había alejado de todo. Había tenido que actuar rápido y ser sigilosa. Pero querer es poder, ¿no? Eso le había dicho desde que era una niña de mellada sonrisa...
Con su billete de tren en mano, suspiró mientras observaba las oscuras montañas desde el empañado cristal. Ya no había vuelta atrás. Prefería no pensar en rostros conocidos ni en su rutina. No quería recordar su ordenado escritorio, ni la comida de su madre y, ni mucho menos, el aroma de él. Se le partía el alma cuando evocaba el calor de sus sábanas, los besos con sabor a café y los abrazos en el Metro. Ya era demasiado tarde. Necesitaba escaparse de todo, necesitaba respirar. Y por eso, se llenó de valor y dejó que las lágrimas desaparecieran en el cuello de su fina camisa.
La luz y el color de aquel pueblo del Sur la saludaron. Ella sonrió. Jamás había visto tanta vida en unas viejas casas desgastadas y en una pequeña plaza. Sintió el aroma a jazmín sin ni siquiera aspirar. Mientras tanto, el cabello revoloteaba y se mecía con el viento, deseoso de participar en aquella fiesta. La piel de la gente era de color tostado y sus sonrisas, claras como la luna. La risa llenaba el ambiente de juventud y esperanza. Ella no pudo evitar sentir nostalgia y recordar aquellas tardes de verano correteando por las calles de su pueblo. Siempre le gustó llevar vestidos de vuelo y sandalias, y en medio de la carrera se detenía a jugar con el vuelo de su falda, sintiéndose una pequeña princesa. También le gustaba el pan calentito de su abuela, el zumo de naranja natural y los cuentos hasta medianoche. Y en ese momento, sintió que podía revivirlo todo. Solo le hacía falta confiar... y atreverse. Al fin y al cabo, el grisáceo cielo de la ciudad ya estaba lejos. Ya no contemplaría su reflejo en los abarrotados escaparates o en los metálicos rascacielos, sino en el claro río Guadalquivir. No le importaban las consecuencias y, ni siquiera, todo lo que dejaba atrás. Por una vez en su vida, quería regalarse algo, quería hacerse feliz.
Se adentró en aquel baile. Se unió a aquella risa. Degustó la felicidad. Se perdió entre leyendas y canciones populares. Y se juró a sí misma que jamás despertaría de ese sueño.
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