domingo, 31 de marzo de 2013

V

Incluso en el momento más triste, él lograba sacar una sonrisa a cualquier miembro de la familia. Siempre estaba con sus bromas y con sus trucos de magia. Siempre estaba sonriendo y provocando. Siempre hablaba con ese tono fanfarrón pero transparente. Siempre miraba con esos ojos bondadosos, con esa luz escondida. Siempre estaba ahí, aunque quizás en su mente estuviera muy lejos...

Era guapo y lo sabía. No importaba su incipiente barriga ni el paso de los años. Era esa clase de belleza que solo muy poca gente tenía la suerte de poseer. Tenía la habilidad de mostrar la alegría a través de su rostro. Quería a la gente y la gente le quería. No importaba quién ni si le acababan de conocer: con solo un par de palabras, era capaz de ganarse el cariño de cualquiera. Incluso del más huraño.

Jamás pidió nada en la vida. Nunca fue egoísta y siempre lo dio todo por los demás. Para él, lo material no era importante. Solamente quería vivir... ¿Por qué no pudo cumplirse su deseo? Su risa era la más bonita, cristalina y pura. Su generosidad, infinita. Su corazón, de abismales dimensiones. No existía ser más maravilloso que él...

Tanto se hizo querer, que el día que se marchó sin avisar, el alma de muchísimas personas sufrió un incurable arañazo. Nadie podía creer que jamás volverían a ver esos ojos castaños tan sinceros, ese rostro inocente, ese ser humano auténtico. Nadie lo superaría jamás...

Su marcha dio una lección a todos los que un día le quisieron (y que siempre le querrán). En primer lugar, les advirtió de que había que disfrutar de la vida día a día y valorar las cosas que realmente importan. También aprendieron que si cosechas una vida de amor, tu partida será llorada con amargura y tu persona será recordada infinitamente. A pesar de que se marchó, supo hacerles el mayor regalo: consiguió que todo aquel que le recordase, lo hiciera con una sonrisa. Cada vez que alguien pronuncia su nombre o se acuerda de él, no ve a una persona destrozada pasando por malos momentos, sino a un ser alegre, lleno de vida y de bondad. Sus problemas y malos días pertenecen ya al olvido, mientras que sus chistes malos y sus cosquillas permanecen en todos los corazones. Y ese es el verdadero objetivo que todos deberíamos tener en la vida: esforzarnos para que el día que no estemos, sean nuestros buenos momentos los que se recuerden.



El tiempo pasa y las heridas ya no están tan abiertas. Sin embargo, mi garganta sigue ardiendo con tu ausencia y nunca se me va la presión del pecho. Las lágrimas siguen al borde de mis ojos, dispuestas a salir cada vez que se oye tu nombre, que se habla de ti. Pero Dios siempre reserva un final feliz para las buenas personas, ¿no? Espero que mientras estás allí, disfrutando de tu final feliz, escribas también el mío. No me importa comer perdices. Solo quiero que sea contigo.

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