Llovía. La ciudad se emborronaba bajo el llanto de las nubes mientras Ana leía sobre el alféizar de su ventana. La lluvia le gustaba porque se sentía protegida por el cristal, en el que repiqueteaban con fiereza las gotas de lluvia. A veces miraba el paisaje: cielo grisáceo, nubes color carbón, aceras encharcadas y algún que otro paraguas bailarín. Después, tras curiosear el cielo con sus grandes ojos almendrados, volvía a sumergirse en su lectura. El libro era vasto y de tapas duras y desgastadas. No era la primera vez que lo leía, pero Ana pensaba que las buenas historias estaban hechas para ser disfrutadas de forma continuada.
El mundo estaba loco. Ana estaba harta de malas noticias, de carreteras surcadas de coches, de los rostros enfurruñados de la gente a primera hora en el metro. Estaba harta del bullicio de la ciudad y de la prisa de las personas. ¿Qué manera era esa de disfrutar de la vida? A veces añoraba su pueblo, aquella tierra de extensos campos y cielos despejados. Allí todo era tranquilidad, y podía estar leyendo noches enteras con solo el canto de los grillos de fondo. Todo era calma y quietud. No obstante, la ciudad le había enseñado muchas cosas. La ciudad le había iluminado un camino, mostrándola cómo sobrevivir. Además, a diferencia de su ya lejano pueblo, la ciudad estaba plagada de librerías. Ana suspiró al recordar el libro a páginas viejas y el rugoso tacto de los lomos. Recordó la gran biblioteca, presidida por una imponente escalinata de mármol. Por mucha paz que le inspirara su antiguo hogar, el mundo de posibilidades que le regalaba la ciudad, no podía dárselo nadie. Y por eso se juró que, por el momento, no regresaría.
La lluvia seguía golpeando la ventana con intensidad, pero Ana continuaba divagando en sus reflexiones y viviendo con los personajes del libro. Se apartó con delicadeza uno de sus anaranjados mechones, que le caía sobre su mirada de espesas pestañas. No, no se marcharía de la estrepitosa ciudad. No podía dejar atrás aquellas tardes lluviosas en las que se internaba en mil historias desde su pequeño piso, junto a la ventana. No podía dejar atrás aquellos momentos leyendo bajo la manta mientras saboreaba un dulce chocolate caliente o un humeante café recién hecho. Y, sobre todo, no podía dejar a aquel muchacho de ojos oscuros, barba espesa y vistosas camisas. Aquella risa pegadiza y ronroneante perseguiría su existencia toda su vida. Aquellos ojos penetrantes escondidos tras las gafas la observarían para siempre. Aquellos besos en los paseos en barca o en las meriendas de muffins en la azotea ya estaban más grabados en su corazón que las propias historias de su infancia. Y es que el poder del amor es capaz de dibujar el destino y... crear arte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario