Era morena y de piel bronceada. Sus ojos castaños se coronaban por unas larguísimas pestañas oscuras. Sus labios eran rosados y gruesos, y solían curvarse en tímidas sonrisas y expresiones de asombro. Caminó por la playa con movimientos gráciles, parecía que danzaba. Sus pies descalzos acariciaban la arena y se enterraban en ella. El sol hacía que entrecerrara los ojos y mirara hacia el suelo, hacia la orilla, hacia el mar. Su lisa melena se elevaba de vez en cuando al son de la brisa. Su rostro, pequeño y aterciopelado, se escondía tras el flequillo. Ella se imaginaba mil historias mientras caminaba, casi brincaba, por aquella playa inmaculada. Su vestido amarillo dejaba entrever su sinuosa silueta. Ella seguía caminando y, de vez en cuando, incluso cerraba los ojos, dejando que el sol acariciase sus grandes párpados. Estaba sola, y eso le inspiraba paz. Había sufrido demasiado. Las lágrimas ya habían cesado, pero las heridas del alma seguían abiertas y borboteaban sangre. Pero ahora estaba sola, únicamente la observaba el sol, y eso le tranquilizaba.
Y entonces, frenó en seco.
Miró en dirección al mar, que no parecía tener final. Las aguas se tornaban anaranjadas en aquel tostado atardecer. Las gaviotas sobrevolaban las aguas y apenas parecían manchas negras en el inmenso cielo.
Sin poder evitarlo, sintió un nudo en la garganta. Era la soledad, que no siempre era tan reconfortante. Y ahí estaba, sin avisar. Ni siquiera llamaba a la puerta. Sus almendrados ojos se humedecieron, pero se juró a sí misma que no lloraría. Ya no. Era una chica fuerte que creía en los sueños, que creía en la vida. No podía derrumbarse. No podía emborronarse su visión a causa de las lágrimas, pues se perdería la infinidad del mar. Definitivamente, no podía.
Sonrió. Y fue una sonrisa sincera. Dulce. De paz. Sus ojos se empañaron, pero esta vez era la emoción la que los nublaba. La felicidad. Sonrió, pero esta vez con una sonrisa amplia, mostrando al infinito aquella hilera de perlas.
"Te echo de menos", susurró mirando al mar. Y por esa misma razón, no pensaba llorar. No. Él no lo hubiera querido.
Casi tenía ganas de reír. Quería correr, saltar, sentir. Quería sentir la libertad. Quería zambullirse en las cálidas aguas y sentir la vida. Y es que por fin lo había entendido todo. Por fin había comprendido que, en realidad, nadie muere. No mientras sea recordado.
Y si se cumplía esa premisa... él sería eterno.
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