No era la primera vez que ella escribía una carta. De hecho, había escrito muchas. Algunas con pluma, otras con bolis de colores y otras a lápiz. Letras plasmadas sobre sencillos folios, sobre cartulinas coloridas, sobre papel con aroma a lavanda, sobre el más arcaico pergamino. ¿Los destinatarios? Muy variados. Quizá los primeros fueron sus padres, que recibían con ilusión las felicitaciones navideñas hechas en el colegio con ceras de colores y pegatinas en forma de estrella. Más adelante, su querida abuela también se perdió entre las letras de emotivas cartas cada vez más elaboradas. Su mejor amiga también intercambió cartas con ella, tanto divertidas como con una promesa de reconciliación. Sus compañeros de clase. Sus amigos lejanos. Sus primos. Su primer amor. Sus pequeños amoríos. El profesor que se entregó en cuerpo y alma en la labor de enseñar. Su vecina. Sobres, papel y letras. Lágrimas sobre celulosa, sonrisas escondidas en cada trazo.
Sin embargo, aquella era su carta más difícil. El bolígrafo temblaba entre sus dedos. Las sílabas parecían resbalarse. Los márgenes se empequeñecían. Los párrafos nacían y morían. Las ideas, las frases, el mensaje... nada provenía de su cerebro, sino de su alma. Un alma desgarrada que se enfrentaba a una carta dura y eterna. Y es que, incluso para ella, que había escrito cientos de misivas a lo largo de su vida, no había nada más complicado que una carta dirigida a alguien que ya no está.
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