sábado, 12 de julio de 2014

Vértigo

Puede que no fuera tan malo. Tan solo tenía que recuperarse de la caída, aunque necesitaría algo más de tiempo. Se dejó caer sobre la hierba húmeda de aquel parque de Madrid y cerró los ojos. Sentía la luz de la luna sobre sus párpados, pero no se atrevía a mirarla. Se sentía demasiado sucia para eso. Esa era la palabra: "sucia". Era increíble cómo había cambiado todo. En un primer momento, no había nadie que no quisiera estar a su lado. Todos admiraban su belleza y reclamaban su compañía, y no había un solo día en que no llorara... de la risa. Todo era felicidad, gin-tonics gratis y vestidos de seda. Pero de eso ya no quedaba nada. La vida había decidido cambiar el rumbo de su destino sin ni siquiera pedirle permiso. Y allí estaba, empapándose el vestido blanco con las lágrimas de la hierba, totalmente sola. De repente, su pasado pesaba más. Se dio cuenta de que los que decían ser amigos, tan solo eran oscuras sombras. Hubo un día en el que se sintió bella, en el que su melena parecía de terciopelo negro y sus ojos relucían como diamantes grisáceos. Pero ahora solo era una muchacha flaca, pálida y ojerosa que vagaba por las calles de un Madrid demasiado oscuro y demasiado cruel. Había intentado todo para seguir en su anterior vida, en su anterior mundo de lujos y perfumes parisinos. No había dudado en entregarse a hombres que prometieron devolverle su luz, pero hasta ellos se cansaron y la olvidaron como un balón que se cuela en una casa deshabitada. Eso era ella, un balón de fútbol deshilachado y embarrado, descosido por las violentas patadas de una vida sin escrúpulos.

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