Dan miró fijamente el sofá, que no es que fuera especialmente bonito, tan solo un modelo sencillo en tonos marrones que estaba de oferta en unos grandes almacenes. Pero lo cierto es que en ese simple y desgastado sofá que contrastaba con el estilo minimalista del resto de muebles, nuevos y caros, había una parte de él. A pesar de su obsesión por la pulcritud y las reformas, jamás lo había movido de sitio. Aquel curioso sofá había observado el cambio de pintura de las lisas paredes del salón, así como la llegada de estanterías blancas decoradas con extrañas figuras deformes y libros japoneses. Sin embargo, siempre había permanecido allí, frente a la televisión plasma en la que Dan solía ver los partidos de béisbol de su equipo favorito y algunas películas de ciencia ficción.
Habían pasado casi 6 años. El dolor se había atenuado, de eso no cabía duda, pero no se había borrado del todo. Es cierto que Dan había continuado con su vida y, de hecho, no le había ido mal de todo: un ascenso en el trabajo, dos aumentos de sueldo, un New Beetle color turquesa y decenas de veladas románticas y noches de sexo con chicas de largas pestañas y sensuales curvas. Pero, a pesar de todo, se sentía demasiado vacío. Quizá era ese maldito sofá, que le impedía olvidar, pero aun así no quería deshacerse de él. No podía. Le traía demasiados recuerdos dolorosos, pero bellos. Se acordaba con total claridad del día en el que Samantha y él lo compraron. Sam estaba preciosa. Bueno, en realidad siempre lo estaba, pero ese día más. Llevaba su vestido favorito, el de estilo años 50 con flores estampadas. Se había soltado el pelo, luciendo una melena rojiza que combinaba con el carmín de sus labios y sus brillantes zapatos de charol. Tras más de 7 meses de noviazgo, habían decidido irse a vivir juntos. Él acababa de terminar su carrera de publicista, aunque de momento se las apañaba repartiendo pizzas y diseñando portadas de libros por encargo de una pequeña editorial. Sam estaba en el último año de Historia del Arte y compaginaba sus clases con un empleo a media jornada en un videoclub. Aunque no solía reconocerlo, era una empleada de 10. No se limitaba a cobrar a los clientes como esos dependientes aburridos que no dejan de mascar chicle, sino que recomendaba películas a sus clientes en función de sus rostros, gestos y estados de ánimo. Esa era su cualidad: descubrir la película que necesitaba una persona con tan solo una mirada. "¿Cuál es mi película de hoy, Sam?", solía preguntarle Dan. "Mmm... Necesitas una de Woody Allen urgentemente", contestaba ella fingiendo preocupación. Pero, el caso es que, a pesar de sus dificultades económicas y de su juventud, se iban a vivir juntos. Un compañero de trabajo de la madre de Sam, que fue de las pocas personas que aprobó la relación desde el principio, les hizo una buena oferta: un piso mediano a las afueras de la ciudad con una bonita terraza incluida. Aunque las habitaciones de su nueva vivienda estaban bastante vacías, para ellos ya era un hogar. De hecho, fue aquel día, con la compra de ese sofá más bien feo, cuando se convirtió en un hogar de verdad.
A Dan le costaba enumerar los momentos que vivieron en ese sofá. Recordaba sus maratones de películas que, por supuesto, elegía Samantha. Algunas noches optaban por las pelis de terror, por lo que cenaban pizza de queso. Cuando elegían películas de drama, Dan traía del trabajo un par de pizzas de piña. Y, cuando optaban por la comedia, directamente pasaban de las pizzas y se hinchaban a helado de frambuesa y patatas fritas. Lo que Dan tampoco podía olvidar eran las frías tardes de invierno en las que se acurrucaban juntos bajo una pesada y algo áspera manta. A Sam no le gustaban la lluvia a no ser que la viviera desde dentro de casa, escondida bajo aquella manta color ciruela charlando con Dan sobre las peculiaridades de algunos clientes, sobre la nueva exposición de su museo favorito o sobre los calcetines de aquel tipo tan extraño que había visto en el metro. Y, sea cual fuere el tema, Dan no podía vivir sin esas conversaciones.
El día más triste de su vida tuvo lugar, como ya sabéis, hace 6 años. Curiosamente, también llovía, aunque ni Dan ni Samantha se encontraban debajo de la manta, ni siquiera sentados sobre el dichoso sofá. Sam estaba sentada sobre la encimera de granito de la cocina, sorbiendo nerviosa el café. Dan hablaba y hablaba y el volumen de su voz aumentaba, pero ella apenas le escuchaba. Ya había tomado una decisión y no iba a cambiar de opinión por mucho que insistiera él, cada vez más desesperado. Habían vivido 8 años maravillosos en ese piso destartalado que, poco a poco, fueron llenando de artículos caros y modernos. Y es que no les iba nada mal en terreno profesional, sobre todo a Dan, que trabajaba en una de las agencias de publicidad más prestigiosas del país. Sin embargo, algo había cambiado. Dan vivía para su trabajo y estaba tan centrado en él que, a veces, hasta se olvidaba de la persona que más le importaba. No es que no estuviera atento de ella, pues le compraba elegantes ramos de rosas blancas y reservaba mesa en caros restaurantes al menos dos veces en semana, pero Sam echaba de menos a aquel repartidor de pizzas con el que pasaba tardes enteras riéndose debajo de una vieja manta y que la recogía del trabajo en moto para ir a cenar un par de perritos calientes en el stand que estaba frente a su casa. Al ver que ese Dan se había esfumado para siempre, ella decidió esfumarse también.
A pesar del paso del tiempo, Dan seguía recordando a Sam con intensidad. Recordaba su canción favorita, Touch Me de The Doors, y también sus perdiciones culinarias: nachos con queso, batido de vainilla y caramelos de regaliz. También se acordaba de todas sus manías, desde dormir con la puerta entornada y colocar los cubiertos a la derecha del plato hasta ordenar sus libros alfabéticamente -por autor- y quedarse a ver los créditos de las películas. Pero, ahora, lo único que le quedaba de ella era ese sofá pasado de moda. Eso, y un par de fotos Polaroid que no se había atrevido a romper.
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