domingo, 4 de mayo de 2014
Veladuras
Hacía más de diez años que no subía a lo alto de La Cúpula. Su montaña favorita, tan alta y redondeada, recordaba a la impresionante cúpula de la Basílica de San Pedro del Vaticano. La diferencia radicaba en el intenso color marrón chocolate que recubría esa obra de la naturaleza y en el fresco viento que acariciaba la cúspide, confiriéndole un aspecto aún más redondeado. Sonrió y cerró los ojos para evocar, aunque fuera una vez más, a la niña que un día fue. Tendría unos ocho años cuando su hermano la llevó a La Cúpula por última vez. Lo cierto es que no había cambiado mucho. En esa época, su melena rubia y lisa era algo más corta y recta y su rostro menos delgado y ovalado. Sin embargo, tenía los mismos ojos grises, grandes y vivos. Su hermano, que por aquel entonces tendría unos catorce años, también tenía esa mirada grisácea que caracterizaba a su familia. Juntos subieron hasta La Cúpula y llegaron a la cima sudorosos y cansados, pero mereció la pena. ¡Las vistas eran maravillosas! Sally miró a su querido hermano Sam y sonrió. A pesar de sus peleas, le quería muchísimo. Siempre la protegía de todo y de todos. Además, así no tenía que soportar sola la vergüenza de que sus padres, abulenses de cuna, hubieran bautizado a sus hijos con nombres anglosajones. Cuando la Sally de veinte años abrió los ojos de nuevo, se encontró sola ante el inmenso monte. Estaba en lo alto de su querida montaña, pero le faltaba la presencia de su ángel de la guarda. Su hermano se había marchado hacía mucho tiempo; demasiado. Desde entonces, Sally no había vuelto a acercarse a La Cúpula. La observaba desde la ventana de su habitación, nadando en mares de nostalgia y dolor. Aunque había intentado contenerse en público, había llorado más de una vez ante la gente a lo largo de esos años. Su querido Sam le hacía tanta falta... Ahora estaba sola, y eso era bueno porque podía llorar sola y enfrentarse, también sola, a la realidad. Nadie la escucharía en lo alto de La Cúpula. Nadie le pediría que fuera fuerte. ¿Por qué debía ser fuerte? ¿Por qué no podía llorar, gritar, hacer muecas, suspirar y hacer que su dolor explotara? ¿Por qué debía contenerse? ¿Por qué no podía olvidarse de las apariencias y mostrar su alma desgarrada, aunque fuera solo una vez?
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