lunes, 14 de abril de 2014

Liberación

El agua del vaso era transparente e incolora, al menos por el momento. Melanie, que en realidad se llamaba Lucía, dejó caer la cabeza sobre el tocador. Había llegado al límite. Lentamente, levantó la vista hacia el espejo, descubriendo su triste rostro. Esa era la palabra: triste. Sus ojos parecían vacíos y lo único que les daba algo de movimiento eran las lágrimas impregnadas de máscara de ojos negra que recorrían sus mejillas. Su boca también se torcía en un gesto de desasosiego y su cabello, que normalmente estaba perfectamente peinado en sedosos y perfectos bucles, caía lacio y derrotado sobre sus hombros desnudos. Ya habían pasado cinco meses desde que Lolita la acogió y nada había cambiado. Había aceptado vender su cuerpo cada noche a hombres desconocidos a cambio de dinero para alcanzar una vida mejor. Solo quería volver a Cantabria, donde la esperaba su querida abuela de piel de papel maché. También la esperaría Julio, aquel joven de revueltos cabellos y profundos ojos grises que le robó sus primeros y únicos besos de amor verdadero. El resto, ya en Madrid, habían sido una mentira. Todos esos hombres buscaban la pasión y el ardor de una joven muchachita como ella. No querían besos de amor, sino caricias encendidas. Lucía -Melanie para esos "caballeros"- estaba harta de teñir sus labios de carmín rojo y de encerrarse en ceñidos corsés de encaje. Solo quería volver a su tierra y abandonar ese mundo de luces, risas nerviosas y olor a barata colonia masculina. Sin embargo, le habían arrebatado su sueño. Nadie la valoraba como mujer, pero tampoco como persona. Simplemente la veían como una frágil muñeca de porcelana de la que admirar su belleza y, otras veces, como un sucio trapo que se usa un par de veces antes de deshacerse de él para siempre. Miró al espejo de nuevo y sintió ganas de arrancarse esos mechones dorados que habían reposado sobre el pecho desnudo de tantos desconocidos. Quiso desvestirse, zafarse de ese obsceno vestido verde y lanzarse al vacío por el ventanal. Y es que, ¿qué importaba? Ni aunque saliera despedida por los aires y su cuerpo se estrellara contra el asfalto de la Gran Vía, la prestarían atención. Seguiría siendo el mismo trapo, el mismo juguete roto que no merece la pena reparar. Pero, quizá, no tendría que ser tan difícil. Puede que tuviera la solución en sus propias manos. Abrió su puño izquierdo y... ahí estaba. Justo en el centro de la palma de su mano reposaba la pastilla, ovalada y del color de la luna llena. La observó durante un largo rato, como si en ella pudiera encontrar respuesta a las injusticias de su vida. Antes de arrepentirse, dejó caer la píldora en el vaso. Instantáneamente, el agua se llenó de unos extraños copos de nieve. La pastilla se disolvía y perecía en el agua templada. Agarró el vaso con fuerza, dirigió una última mirada a su triste reflejo y bebió. No tiene sentido entretenerse ni alargar la historia, porque todo lo que sucedió a partir de ese momento fue fugaz. Melanie se desplomó de la barroca silla y cayó sobre la alfombra de terciopelo rojo, sin vida. Aunque... ¿alguna vez se había sentido viva en ese burdel? El frío se extendió por su delicado cuerpo y la palidez recorrió su rostro, congelado en una mueca de dolor. Sin embargo, mientras Melanie olvidaba el sonido del latido de su corazón, Lucía se alejaba de aquel infierno. Su alma casi tenía forma, quizá algo fantasmal y tétrica, pero mucho más viva que ese cuerpo desamparado de la habitación. Ese no era su lugar. Tenía que volver a las torrenciales aguas del mar Cantábrico para, al menos, observar desde la distancia a aquella anciana que acariciaba ovillos de lana frente a la costa, esperando el regreso de la persona que más quiere en el mundo. Así, la buena mujer sabrá que esa persona ya ha sido liberada y que, por primera vez, su alma sonríe de verdad.

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