viernes, 13 de diciembre de 2013

Última hora

Corrió. Tropezó. Dio un traspiés. Casi cayó.

Sarah cruzó las puertas apenas dos segundos antes de que se cerraran y logró salir del tren. Se enfrentó a la marea de gente y corrió, chocándose con personas de todo tipo (señoras emperifolladas, hombres trajeados, punks, universitarios atolondrados...). Notó como su pequeña y desgastada mochila de cuero marrón se escurría en sus delgados hombros, peor la sujetó a tiempo. Siguió corriendo, enfundada en sus ceñidos vaqueros y en su cazadora roja, perdiéndose entre el humo y la gente. Su larga cabellera rizada del color del rubí se balanceaba de un lado a otro, aún más perdida que ella. No sabía qué hacer. No tenía donde ir.

Por fin fuera, recorrió las atestadas calles de la ciudad. Sus viejas Converse negras desgastaban la acera empedrada. El corazón le iba a mil por hora. No quería mirar atrás, por lo que obligó a sus ojos dorados a dirigirse al frente, frenando cualquier resto de terror o nostalgia. Después de unos 10 minutos que le parecieron horas, Sarah dejo de correr. Se detuvo de golpe y se ocultó en una repentina esquina. La oscuridad cubrió su anguloso rostro. La garganta le ardía y las mejillas habían adquirido un tono rojizo. Creía que estaba a salvo, escondida en una sombría calle sin salida, camuflada con aquella ropa de segunda mano. Creía que jamás tendría que escapar, movilizando las piernas, dando grandes zancadas, casi volando. Creía que ya era libre. Pero, entonces, lo vio. Justo al otro de la calle. Él la miraba con sus ojos amarillentos y su boca de colmillos ligeramente afilados. Estaba tan guapo y elegante como siempre, aunque solo ella podía ver el halo de maldad que lo rodeaba. La estaba mirando (incluso le guiñó un ojo) y no parecía haber escapatoria. Al menos... de momento.

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