Cada vez se sentía más incomprendida. Era una criatura extraña, alguien que no encajaba. Suspiró, expulsando cientos de burbujas diminutas por la nariz y por sus carnosos labios. Comenzó a dar brazadas con intensidad, casi con furia. Avanzó entre las algas y las anémonas, sintiendo la fina arena del fondo del mar en su gruesa y escamosa cola plateada. Solo la siguieron algunos pececillos, sus únicos amigos, que se enroscaban en sus largos y finos cabellos de color negro azabache. Divisó un conjunto de rocas grandes y aplanadas y se recostó en ellas. Entornó sus grandes ojos celestes, preguntándose por qué no podía tener una vida normal. Estaba sola en el océano, literalmente. Desde que tenía uso de razón, vivió y creció sola, aprendiendo a enfrentarse a los peligros de la mar y, sobre todo, a la soledad. Jamás había visto a nadie de su especie, a ninguna criatura con torso y cabeza humana y cola de pez. En cambio, sí había visto muchos humanos, pero siempre desde lejos. No se atrevía a acercarse a la orilla, pues sabía que la juzgarían. Además, algunos humanos parecían peligrosos. A veces lanzaban mortíferos ganchos al mar para atrapar peces y dejarlos agonizar. Y ella no quería ser un pescado más...
Ese día se sentía diferente. Más, quería decir. Sentía que podía ser valiente por una vez. Estaba harta de vivir encerrada en cuevas marinas, acompañada tan solo de unos pequeños peces. Se incorporó con decisión y emprendió la marcha con un fuerte aletazo. Sentía que una energía misteriosa recorría cada escama y cada poro de su piel. Buceó, dejando una estela de bailarinas burbujas de todos los tamaños. No sabe cuanto tiempo estuvo, pero sí que cada vez adquiría más velocidad. Ni siquiera sus diminutos amigos podían seguirle el rastro. Comenzó a vislumbrar haces de luz dorada que penetraban en el agua grisácea. La distancia con la superficie cada vez era menor. Llegó un momento que tenía casi que deslizarse por el suelo para que su cabeza no atravesará el ras del mar. Llegó un momento en el que no podía continuar sumergida y tenía que enfrentarse al mundo. Lo hizo. Se detuvo y, sin dilación, sacó la cabeza del agua. Tomó una fuerte bocanada de aire y, casi al instante, sintió la caricia abrasadora del sol sobre sus pálidas mejillas. El agua salada recorría sus pómulos y se perdía en las comisuras de su boca. Mientras temblaba un poco, abrió los ojos. Los cerró al momento, instintivamente. La luz era cegadora (o, al menos, para ella). Pero no era una cobarde. En realidad, nunca lo había sido. De nuevo, abrió los ojos, pero esta vez para siempre. Dejó que sus iris azules saludaran a aquel mundo nuevo para ella. Visualizó la cercana orilla, los rocosos acantilados y, a sus espaldas, el mar infinito que se perdía en el horizonte. Y, entonces, le vio. Era el ser más maravilloso del mundo, la auténtica prueba de que los humanos podían llegar a ser criaturas bellísimas. Era un joven alto, de piernas fornidas y duro torso. Su sedoso cabello color miel no le llegaba a los hombros y marcaba un bello contraste con sus enormes ojos verdes. Desde lejos se distinguía el fulgor de aquellas pupilas enormes. Su nariz era recta y mediana y sus finos labios a veces destapaban una hilera de dientes blancos y perfectos. Caminaba distraído, observando las huellas que dejaban sus grandes zapatos náuticos en la fina arena. No se imaginaba que una misteriosa dama de sedosa melena y salados labios le observaba desde escasos metros, semicamuflada tras unas rocas que sobresalían del mar. No se imaginaba que muy pronto se enamoraría de una chica poco convencional.
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