Era un día complicado y especial a la vez. Pablo siempre había sido un chico valiente, pero aquella soleada tarde de mayo le temblaban las rodillas como si de gelatina se tratasen. Inspiró. Después, acarició el picaporte e hizo presión. La puerta se abrió. Por supuesto, allí estaba ella. María era la chica de su vida. La había querido desde que eran unos niños de sonrisa mellada y rodillas raspadas. Estaba sentada frente a la ventana y su lisa melena castaña le caía en cascada sobre su camisón celeste. Al escuchar abrirse la puerta, ni siquiera se inmutó. Sabía que era él. Se giró levemente, dejando ver su hermoso perfil. Sus carnosos labios rosados esbozaron una sonrisa nerviosa. La venda tapaba sus enormes ojos. Pablo permaneció quieto, sin saber qué hacer. Creía que si decía una sola palabra, estropearía el momento. Y ese era el momento de sus vidas. Por fin, dio un paso al frente. Tragó saliva y comenzó a caminar, pisando la crujiente madera con suavidad. En unos segundos, ya estaba a su lado. Extendió la mano lentamente y la colocó sobre su hombre, sintiendo la suavidad de la seda del camisón y de su abundante melena. Ya no podía esperar más.
- Pablo.
- María.
- ¿Ya ha llegado el momento?
- Este es el momento.
Sin más dilación, Pablo deshizo con habilidad y delicadeza el nudo de la venda que cubría los ojos de María. Se detuvo un instante, en cuanto sintió un breve temblor en el cuerpo de ella. Estaba nerviosa, pero también preparada. Lo sabía. Era una joven fuerte, siempre lo había sido. Su vida nunca fue fácil, y tuvo que sortear mil obstáculos y creer siempre en sí misma. Aunque la oscuridad siempre la acechó, ella siempre buscó la luz. Y ese día, por fin la encontraría.
La sedosa venda cayó sobre los tablones de madera. Durante unos segundos, pareció levitar. Instintivamente, María cerró los ojos, apretando los párpados con mucha fuerza. Sentía los débiles rayos de sol del atardecer sobre sus grandes párpados. Pablo sintió que el mundo se paraba. No sabía qué iba a suceder, pero no quería perderse ni un solo detalle. Los delgados hombros de María temblaban debido a su agitada respiración. Sentía un extraño hormigueo, aunque no sabía si era de miedo o de emoción. Decidió no esperar más. Abrió los ojos. Lo hizo de golpe, aunque tuvo que parpadear un par de veces para acostumbrarse a la luz. La luz... ¡La veía! Y no solo eso: veía color y formas. Vio el envejecido marco de la ventana y distinguió el tono pardo del tapiz. Vio el cielo anaranjado y el tímido sol, que se escondía. El sol... La última vez que lo vio tan solo tenía 6 años. Fue justo el día del accidente, del trágico suceso que la privó de ver. Durante todos esos años había vivido sin el sentido de la vista, perdiéndose aquel maravilloso espectáculo. Las lágrimas invadieron sus ojos color añil, nublando su vista. Se asustó. No podía permitirse dejar de ver otra vez. Aquella era la sensación más maravillosa de su vida. Sintió cómo su cuerpo se convulsionaba a causa del llanto, cómo su barbilla temblaba. Y, entonces, se giró. Por supuesto, allí estaba Pablo, impactante. Era la primera vez que lo veía. Dios... ¿cómo podía ser tan apuesto? Era alto, delgado y tenía unos enormes ojos almendrados. Su nariz pequeña y recta dejaba paso a una hermosa sonrisa. Era una sonrisa nerviosa y de emoción contenida. Era una sonrisa preciosa y sincera, de esas que nunca se olvidan. Cuando María extendió la mano para tocar la aterciopelada americana de Pablo, éste sintió como la emoción lo embargaba por completo. Se juró no llorar, pero no pudo. No podía permanecer impasible ante los brillantes ojos de María, que por fin podían ver. Su mirada ya poseía luz. Su rostro redondo mostraba una mezcla de temor, sorpresa y emoción. ¿Qué pensaría de él? Al fin y al cabo, jamás había conocido su aspecto. Él la conoció un año después del accidente, y siempre convivieron con su ceguera. Siempre la vio preciosa por dentro y por fuera, aunque ella solo podía ver con el corazón. Y ahora que por fin podía apreciar sus rasgos, María estuvo de acuerdo con su corazón.
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