jueves, 12 de diciembre de 2013
No te ensucies los zapatos
El zapato cayó al suelo, por enésima vez. El pequeño zapato de charol yacía ahora sobre la gruesa arena. Jane lo observó medio metro más arriba, sentada en el rudimentario columpio. No pensaba volver a bajarse para coger su zapato y calzarse. Sabía que debería y que tía Ann la regañaría, pues eran unos zapatos prácticamente nuevos y muy caros. No convenía que se estropearan, de eso no cabía la menor duda. Sin embargo, la pequeña Jane ya estaba harta de tener que enmendar sus errores continuamente. No soportaba tener que llevar esos vestidos de vaporosas faldas de seda tan incómodo. Los leotardos color crema le producían picores en sus finas piernas y el enorme lazo de raso de su coleta le parecía tirante. Hacía calor y solo quería moverse, sentirse libre de ataduras. Solo tenía once años, pero no era estúpida. Sabía que en la vida hay que tomar las riendas. Y, sin más vacilación, sacudió la pierna derecha para librarse del otro zapato, que cayó con un ruido seco. ¡Qué bien se sentía sin esos remilgados zapatos que aprisionaban sus pequeños pies! Después, se agarró fuertemente con la mano derecha a las gruesas cuerdas del columpio y, con la mano libre, dio un rápido y contundente tirón al lazo de su peinado. La coleta desapareció y, en su lugar, una espesa melena dorada cayó sobre sus hombros. Quitarse el vestido y quedarse en ropa interior ya era demasiado, pero al menos se sentía algo más menos atrapada. Cerró los ojos castaños fuertemente y dejó caer su cuerpo hacia atrás, sin soltar sus manos de las cuerdas. Después extendió sus largas y quizá demasiado delgadas piernas, sintiendo cómo una fresca corriente de aire penetraba a través del leotardo y revitalizaba sus gemelos y los dedos de sus pies. También sintió el viento en sus grandes párpados y en sus sonrosadas mejillas. Sintió muchas cosas mientras el columpio se balanceaba despacio, meciéndola en un relajante baile. Pero, sobre todo, sintió que estaba viva.
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