- ¡Maldita sea, Elizabeth! ¿Cuántas veces tengo que decirte que dejes de soñar despierta?
- ¿Cuántas veces tengo que decirte que me llames Ellie?
- ¡Bah! No pienses que voy a perder el tiempo contigo en esta ciudad de pacotilla. Mañana volaré a Londres, a mi vida normal.
- Bien. Hasta nunca, Charlie.
- ¡Que me llames Charles!
Ellie coloreó sus labios con pintalabios rojo sangre. Lo cierto es que jamás se atrevía a llevar colores tan vivos, conformándose con el rosa pastel. Sin embargo, aquel era un día importante: Charlie estaría ya montado en un avión rumbo a Londres y quizá no volvería a verle jamás. ¡Bah! ¿Quién querría ver a ese estúpido pedante? Vale, reconocía que había sido feliz con él durante los 14 meses de relación, pero había tomado una decisión. Sentía que lo primordial era descubrirse a sí misma y no dedicar su existencia a otra persona. Charlie solo se preocupaba de su trabajo y de un cuadriculado futuro con una casa en Piccadilly, dos hijos rubios que aprendieran a tocar el piano y cenas con amigos artificiales. En cambio, Ellie... oh, Ellie tenía demasiados sueños para aquel británico de ojos azules y cejas perfectas. Se alisó la camisa blanca y se echó un poco de perfume en la nuca y en las muñecas. Decidió soltar su media melena castaña y ondulada y, por último, dejó de esconder sus ojos verde aguacate tras las Ray-Ban.
El sol de Sevilla acarició sus pálidas mejillas. El sol... Sabía que si regresaba a Londres, lo que más echaría de menos sería aquella esfera perfecta que teñía de dorado la ciudad a todas horas. Caminó por las empedradas calles mientras esbozaba una amplia sonrisa. ¿Por qué estaba tan feliz? Era la magia de aquella ciudad andaluza la que hacía que reviviera y olvidara las lluviosas noches cenando con Charlie mientras éste le hablaba sobre política y de las novedades del nuevo iPad. Tras mucho insistirle, Ellie había conseguido que visitaran Sevilla en unas vacaciones express. Gracias a ese pequeño viaje, había descubierto que hay lugares del mundo en los que la magia y la inspiración impregnan el ambiente. Exhausta por la caminata y por el calor abrasador, la joven se detuvo y se apoyó en una de las blancas casas. Permaneció ensimismada en sus zapatos rojos de charol cuando, de repente, un desgastado balón fue a parar a sus pies. Levantó la vista con rapidez, esperando ver a un niño al que devolverle su pelota. Sin embargo, lo que encontró ante sus ojos le sorprendió enorme y gratamente...
- Hola, me llamo Carlos.
Ellie pestañeó un par de veces y miró boquiabierta a ese hombre de tez morena y bellos ojos castaños. Tendría unos 30 años (dos más que ella) y poseía un atractivo que jamás había visto en otro hombre. Era una belleza implícita y algo salvaje. Al igual que ella, llevaba una ancha camisa de color blanco, aunque a él le favorecía mucho más por el brillo de su piel tostada. Al ver que no contestaba, el hombre le dedicó una alegre e impecable sonrisa.
- Perdone, no quería molestarla. Venía a recuperar la pelota de mi descuidado hijo.
¿Hijo? Oh Dios... Ellie se sintió como una estúpida. No podía fantasear en apenas unos segundos con el primer desconocido que se cruzara en su camino. Debía centrarse en disfrutar de aquel país maravilloso (y en concreto de esa viva ciudad) y plasmar su inspiración en su próximo libro de poemas. Quería poemas alegres y vivos, como la sonrisa de aquel hombre de anchos hombros y rostro perfecto. Estaba claro que era un hombre felizmente casado que jugaba con su hijo a la pelota como buen padre que era.
- No se preocupe- contestó Ellie por fin.
El sevillano se quedo mirándola con gesto divertido y curioso.
- Tu acento es raro.
- El tuyo también.
- Pues servidor ha nacido y crecido en estas tierras.
- Yo vengo de... Inglaterra.
Más sorpresa en los intensos ojos del desconocido. De repente, la aguda y cantarina vocecilla de un niño comenzó a oírse a mayor volumen.
- Oh, mi hijo se preguntará por qué tardo tanto. Encantado de conocerla, señorita de Inglaterra.
Ellie se quedó pasmada, viendo cómo Carlos se alejaba con el balón en las manos. Carlos... ¿Ese nombre no era como Charles en inglés? Irónicas coincidencias... Antes de dar la vuelta para regresar al hotel, observó cómo Carlos abrazaba y cogía en volandas a un niño castaño, flaco y vivaracho. Era su hijo, estaba claro. Padre e hijo emprendieron la marcha, seguramente dirigiéndose a casa donde una preciosa española de enormes ojos negros y espesas pestañas les esperaban para comer. Inexplicablemente decepcionada, Ellie se dio la vuelta y caminó cabizbaja y arrastrando los pies, justamente quedándose sin ver cómo Carlos se giraba y la observaba marcharse con un brilló nostálgico en los ojos.
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