lunes, 20 de enero de 2014

Los caprichos del destino (II)

Aquella fue una noche rara. Ellie se despojó de las finas sábanas blancas para incorporarse ligeramente y asomarse a la ventana. La enorme luna llena emitía destellos plateados que bañaban los olivares y las rústicas casas blancas. Sonrió. Fue una sonrisa a medias, demasiado fría para un lugar del planeta tan cálido como aquel. No solo eran los días de cielo azul y sol abrasador, sino las cercanas y risueñas gentes de Sevilla. ¿Por qué Charles no había comprendido que necesitaba quedarse? El color del trigo y las fuentes de agua fresca la inspiraban más que cualquier otra cosa en el mundo. Por supuesto que añoraba Londres, pero ahora no había contaminación que escondiera las estrellas. Y lo cierto es que no hay nada mejor que una noche limpia y estrellada.

Tras degustar un espléndido desayuno compuesto de pan con aceite y tomate y una copa de fresco zumo de naranja, Ellie salió a explorar. Le gustaba esa palabra: "explorar". Se imaginó como el protagonista de la película de Woody Allen "Midnight in Paris", recorriendo la capital francesa en busca de inspiración y de intensas charlas con Hemingway y Dalí. Ella se empaparía de creatividad palpando la suave textura de las blancas paredes o en el intenso color de las amapolas. También se perdería entre el aroma a pan recién hecho y las cantarinas risas de los niños más madrugadores. De hecho, en ese momento estaba oyendo una de esas risas infantiles capaces de hacer olvidar todas las tristezas del mundo. Solo por escuchar la expresión de la felicidad de un niño merecía la pena vivir. Cerró lentamente los ojos mientras una suave brisa le acariciaba el rostro cuando, de repente, alguien cogió su mano. Dio un respingo al sentir aquel contacto y, al abrir los ojos, se encontró con un rostro muy familiar: ¡el hijo de Carlos! Un momento, si su hijo estaba por allí, Carlos no andaría muy lejos...

Ellie estaba nerviosa. Se sentía como aquella tarde en casa de su amiga Susan: fuera nevaba y ella jugaba con Susan y más amigos al juego de la botella; cuando le llegó el turno a Jack, un chico muy flaco y fan de Star Wars, este eligió besarla a ella. En fin, era muy extraño que se acordara de su primer beso a los 14 años justo en ese momento, pero no podía evitarlo. Estaba en un ruidosamente acogedor bar frente al hombre más guapo que había visto nunca: Carlos. Su mirada era intensa, salvaje y, sobre todo, sincera. Sus manos eran enormes y nudosas, perfectas para protegerla de cualquier peligro. Dios, y ahora pensaba como una adolescente chiflada... ¿Por qué le ardían las mejillas? ¿Y cómo había ido a parar allí? Ah, sí. Carlos apareció cuando su hijo hablaba con ella y la invitó a tomar una cerveza (Carlos, no el hijo). Ella aceptó, contestando al microsegundo. Y ahora estaba allí, flirteando (o mejor dicho, temblando como una colegiala) con un hombre casado y con un hijo. ¡Pero si ni siquiera le gustaba la cerveza!

Ellie miró a Carlos mirar a su hijo mirar a una paloma mirar a una hormiga. Se notaba que ese pequeño era su tesoro más preciado. Ahora estaban sentados en un banco observando al niño jugar y disfrutando del sonido de la fuente. El agua recorría mil caminos con un intermitente susurro. Apenas habían cruzado palabra, pero no importaba. Ellie había leído suficientes novelas de Jane Austen para saber que ese hombre se sentía atraído por ella (y viceversa). Quería marcharse, volver a su hogar en Reino Unido y encontrar a un hombre que realmente le conviniera. Siempre podría llamar a Charlie, aunque la sola visión de su gesto escéptico y aburrido ante artes como la poesía le hizo desdeñar la idea. Y, para ser francos, ni siquiera quería volver a Londres. Se había enamorado de una ciudad e, irremediablemente, de un hombre. Y esas son cosas que una no puede escoger ni decidir.

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