Una de las bombillas se había fundido. La otra, parpadeaba. Lucía las miraba, con los labios violetas por el frío y los dedos arrugados. No sabía cuanto tiempo llevaba en la bañera. Su melena rubia yacía empapada sobre sus hombros. Su cara, descubierta, mostraba unos ojos azules, muy grandes, casi etéreos. El rimmel formaba finos riachuelos ya secos sobre sus pálidas mejillas. Era menuda, de extremidades delgadas y suaves curvas.
Cerró los ojos.
Se tumbó, hundiendo su rostro bajo el agua vacía, sin espuma. Pequeñas burbujas salían de su nariz como toda respuesta. Y, entonces, recordó.
Había sido una niña querida, bastante mimada. La típica niña con el pelo recogido en trenzas y un peto vaquero. Pero en el colegio nada era igual. Los niños solían mirarle raro. Ella nunca entendió por qué. Jamás se metía en líos, pero era callada, pausada y muy inteligente para su edad. Examinaba su entorno, analizaba todo. En silencio, siempre en silencio. El no mancharse nunca de barro o el no "colocarse" con el pegamento, hicieron que nunca fuera una niña feliz.
Años después, la (para muchos) excéntrica Lucía sustituyó las ceras de colores por la barra de labios. Era una tarde lluviosa, muy lluviosa. Lucía estaba sola en su habitación, como de costumbre. Se miró al espejo, en ropa interior. Observó la palidez de su piel y cómo algunas venas se transparentaba. Examinó su pelo, rubio, recto, serio. Y no pudo evitarlo. Cogió de su armario una sencilla camiseta negra, de las pocas prendas negras que poseía. Se la puso y, sin previo aviso, cortó con unas afiladísimas tijeras las mangas. Simplemente con la fuerza de sus manos, rasgó el cuello, dejando ver sus cada vez más desarrollados pechos. Se puso unos jeans y también los rasgó con las tijeras, dejando ver sus huesudas y blancas rodillas. Y después... se acercó la tijera a la cabeza. Primero fue el flequillo, un flequillo recto, simétrico, que apenas dejaba ver sus ojos. Después, la melena. Se desfiló el pelo, dejándolo largo pero con cortes a distinto nivel, trasquilones muy acertados. Después... cambió su mirada. Se perfiló los ojos de negro, al igual que alargó sus pestañas con rimmel. Después llegaron los labios, unos finos labios que se tornaron rojo pasión tras el paso de la barra de labios. Y sin dudarlo ni un segundo, esquivó a sus padres y salió a la calle, a cambiar su vida.
Los años pasaron y sus padres acabaron ignorándola. Por supuesto, odiaban su aspecto. Su niñita se había vuelto loca y no podían hacer nada. Lucía solo se dedicaba a vagar por las calles de noche, como una noctámbula. Nunca conoció el amor de verdad. Pero conoció muchos brazos, labios y... algo más. Todo con sabor a whisky barato. No tenía nada que perder. Tampoco ganaría nada. Solo momentos de euforia, de desconexión, en los que se olvidaba de todo. Se mezclaba con extraños y extrañas, entablaba nuevas amistades sin apenas hablar, intercambiando solo pastillas y vasos de ron. Y en esos vasos de ron en pegajosas barras de bares, se ahogó.
Abrió los ojos.
El agua ya llenaba todos sus pulmones. Su vista se nublaba. Lucía se incorporó, en un movimiento rápido, brusco pero elegante. Paradójico. Ya con la cabeza fuera, logró respirar. Su corazón estaba agitado. La sombra de ojos y el rimmel volvían a pasear por sus mejillas. Su pelo estaba empapado y alborotado y su mirada, decidida.
Una de las bombillas seguía parpadeando.
Lucía alargó su brazo hasta la tapa del váter, sobre la que se encontraban unas tijeras muy afiladas. Recordó la primera vez que las usó para rasgarse la ropa. Ahora rasgaría su piel.
Siempre había evocado ese momento. No importaba donde estuviese, si en mugrientos pubs o en su cama, pero siempre lo había imaginado. Siempre había pensado que, llegado el momento, no se atrevería a dar el paso. Al fin y al cabo, siempre había sido cobarde, nunca se había enfrentado a la vida. Pero ahora se sentía poderosa.
Todo fue muy rápido. Con la afilada punta de las tijeras, Lucía dibujó formas sobre sus muñecas. Finas líneas de un color rojo intenso. Y después, solo quedo esperar. Se recostó en la bañera y, con la cabeza apoyada y la mirada perdida, la sangre de sus muñecas teñía el agua y creaba un charco en los azulejos del baño.
Y por fin, bajo la bombilla fundida y la que parpadeaba, entre la blancura de la estancia y la humedad de su piel, Lucía sonrió. Nunca había experimentado esa paz.
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