Adam se asomó al gran salón lo más silenciosamente que pudo. En efecto, allí estaba ella. Justo al fondo de la estancia, junto al gran ventanal. La luz se filtraba a través de los cristales y llenaba de una luz clara y casi cegadora la habitación. Y precisamente frente a esa gran ventana que dejaba ver el floreciente y colorido jardín, se situaba el suntuoso piano. En un pequeño pero refinado butacón se encontraba Jane, presionando las teclas y, con ello, creando una bella y dulce melodía. Estaba de espaldas a la puerta y, por tanto, a él. Adam pudo ver su largo, pálido y suave cuello, esta vez descubierto y desnudo, pues la larga y sedosa melena de la joven caía sobre el hombro izquierdo. También pudo apreciar cómo el aterciopelado vestido celeste dejaba ver parte de sus delgados y sensuales hombros, al igual que se ajustaba en su estrecha cintura, dibujando su fina silueta. Mientras tanto, los largos y gráciles brazos se movían ligeramente en cada una de las caricias que sus inmaculadas manos hacían al teclado. Adam suspiró.
El sol potenciaba el brillo del exquisito vestido, haciendo también que algunos mechones de su castaño cabello se tornaran dorados. La música seguía sonando y, con cada nota, Jane aumentaba la velocidad. La melodía cada vez era más complicada, pero la joven afrontaba el reto, volcándose por completo, descargando su pasión. Sus manos se paseaban por todo el teclado mientras sus dedos estaban inmersos en un alocado baile. Jane dejó de mirar la partitura y, simplemente, cerró los ojos y se dejó llevar. Sintió el sol acariciando sus párpados y cómo la música que emanaba de su mente, de sus entrañas, le erizaba el vello. Solo estaban los dos: el piano y ella. Era un momento íntimo, un momento en el que estaba entregando todo su ser a la música. Estaba tan concentrada en su tarea, tan ensimismada en sus pensamientos, tan perdida en sus sueños, que ni siquiera se percató de que Adam la observaba desde el umbral de la puerta.
Adam sonrió. Era preciosa, y eso que solo podía apreciar su esbelta espalda y su delicado cuello. Pero, por una vez en su vida, logró comprenderla. Siempre había visto a una Jane seria, una Jane escondida tras sus modales aristocráticos, sus incómodos vestidos y sus largas y aburridas tardes de té. Una Jane que apenas hablaba, que solo asentía con la cabeza y que carecía de luz en la mirada. Una Jane que vivía para contentar a los demás, a sus adinerados padres y a sus remilgados tíos. Una Jane que jamás se había dejado llevar por el momento, que jamás había reído a carcajadas ni pronunciado palabras de amor. Pero ahora Adam sabía que Jane no quería una vida de excesos, buenos modales y apariencias, sino una vida de pequeños placeres y bonitos atardeceres. Una vida de amor, y no precisamente amor mundano, sino amor por la música. Sí, sin duda la música era para ella incluso más que una pasión. La música era lo único que la evadía de sus obligaciones de dama, lo único que la permitía cerrar los ojos y dejarse llevar, lo único que la hacía vibrar y mecerse en un vaivén prodigioso. Y por todas estas razones, Adam supo que ni sus extensas propiedades, ni sus bravos caballos ni sus lujosas alhajas lograrían comprar el amor de Jane, aquella mujer tan especial enamorada del sonido del viento.
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