miércoles, 26 de diciembre de 2012

La luz de la ciudad.

Sus ojos se perdieron entre las luces navideñas. ¡Madrid estaba precioso!
El vaho la guiaba por la infinita calle de Gran Vía mientras no perdía detalle de la gente tan dispar que paseaba de forma apresurada. El viento venía cargado de un aroma a castañas asadas y chocolate con churros. Sus mejillas estaban heladas, pero se tornaban cálidas al observar los rostros ilusionados de los niños al detenerse frente a la gran juguetería de la calle.
Irene se ajustó su gorro de lana y se frotó las manos, todo sin dejar de sonreír al saborear cada detalle de la ciudad. No le importaba chocarse con la gente ni escuchar mil y un cláxones atrapados en el atasco. Al fin y al cabo, ahora podía perderse entre la gente. Podía sentirse escurridiza como un copo de nieve y disfrutar de los pequeños placeres sin nadie que le dictase órdenes. En Madrid, todo era posible. Todos eran anónimos, viajeros perdidos embriagados por la magia del ambiente.

Y así, escuchando sus tacones repiquetear sobre las aceras de granito y sintiendo el gélido pero acogedor viento en su cara, Irene no se percató de la mirada de aquel chico escondido entre las sombras, camuflado entre la gente. Ella, que siempre había sido una chica sencilla, jamás se había imaginado ser capaz de robar mil miradas a aquel chico misterioso. Jamás había imaginado ser la causa de los suspiros de un hombre, ser ese rubor que recorre las mejillas de alguien enamorado. Pero en ese momento, vestida con su abrigo y con su aniñada sonrisa, para él era infinita.

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