Cuando Dan se despertó, le fue imposible no sonreír con dulzura. Muy cerca de su cara se encontraba el rostro de Alice. Alice, Alice, Alice... un regalo del amanecer, los mejores "buenos días" que se pueden desear. Dan no podía sentirse más dichoso de encontrarse entre las suaves y resbaladizas sábanas de raso frente a la chica más preciosa de Nueva York. Los primeros rayos de sol penetraban por el gran ventanal del ático bañando de un brillo dorado la resbaladiza cama circular. Las sábanas olían a perfume parisino, a carmín y a besos. Besos... Dan sintió un escalofrío de placer que recorrió toda su espina dorsal. Miró de nuevo a Alice, aquella dama durmiente perdida en sus sueños, deliciosamente vulnerable y angelical. La joven dormía hecha un ovillo, repostando la cabeza sobre sus brazos de piel nevada. Los rojizos cabellos estaban perfectamente alborotados y se derramaban sobre la sensual espalda desnuda. Sus grandes párpados descansaban sobre sus pestañas de carbón, de un negro azabache más intenso y brillante que el grafito. Su sinuosa y femenina silueta se marcaba bajo las finísimas sábanas, dejando entrever todo tipo de detalles y acompañando a la acompasada respiración de la joven dormida. Tras perderse en la belleza de su simétrico y aniñado rostro, Dan acabó levantándose de la cama con sigilo y cuidado. Se calzó con sus serias zapatillas de andar por casa y se enfundó en su bata de cuadros, no sin antes deleitarse de nuevo con las vistas de aquella ninfa que descansaba sobre un manto de orquídeas blancas.
Una vez en la cocina, Dan dejó libertad a su mente para jugar. El olor a tortitas, sirope de chocolate y caramelo y de café invadió la cocina de estilo pop. Dan preparaba el desayuno con mimo, preparando en una bandeja plateada los platos junto con un ramillete de romero color lila intenso. Recordó lo impactados que quedaron todos al ver aparecer a la joven y traviesa Alice en la galería de arte, ceñida en aquel vestido rojo pasión de escote en forma de corazón y formas imposibles. Sus cabellos rojizos combinaban a la perfección, al igual que con el carmín escarlata de sus jugosos labios de estrella del cine. Alice caminaba con gracia y atrevimiento, reía de forma escandalosa pero juguetona y pestañeaba como Afrodita a punto de capturar a su presa. Las damas de la fiesta la miraban con una mezcla de admiración, recelo y envidia, mientras los varones dejaban pasear su mirada sobre los finos rasgos del rostro de la dama de rojo o sobre su armoniosa y excitante figura. Alice observaba los cuadros con una mezcla de interés y gracia mientras sorbía su copa de champagne y se mordía el labio inferior como muestra de concetración. Dan conocía a Alice de vista, pues era la hija de su jefe, el gran empresario Hoffman. Dan era un simple trabajo que, sin embargo, gracias a su entrega y tesón iba ascendiendo poco a poco. Alice visitaba con frecuencia las oficinas del ricachón de su padre, y por supuesto Dan quedaba prendado de los movimientos de aquella sirena pelirroja que hacía de su jornada liberal una aventura y obsesión. Y ahí estaba esa noche la joven Alice, tan lejos y tan cerca a la vez del obsesionado Dan.
Apenas recuerda como pasó. Solo recordaba el sabor a champagne, la música algo más acelerada y las risas de Alice. Recuerda el contacto de la suave mano de la joven al tocarle el brazo mientras hablaban y su penetrante mirada esmeralda.
Lo que sí recuerda con más precisión y embelesamiento era la llegada de Alice al piso. Entre nerviosas y silenciosas risas, Dan abrió nerviosamente la puerta de su ático y Alice entró, dejando un rastro de caro perfume, restos de lentejuelas y belleza. A Alice le agradaba la casa de Dan y pasó un buen rato observando los coches pasar a toda velocidad bajo el cielo estrellado de la ciudad que nunca duerme.
Cuando se quiso dar cuenta, la camisa de Dan estaba desabrochada y el lujoso vestido de Alice sobre el parqué. Con joyas y tacones, Alice vibró y bailó sobre la cama redonda. Los dedos de Dan se enredaban en los rojizos rizos de Alice y tanteaban su hermosa y sedosa piel. Fueron momentos memorables que Dan jamás olvidaría. Por fin había conseguido su objetivo aunque fuera por una noche. La dama misteriosa había caído en sus redes (o quizá había sido al revés).
Dan relamía los recuerdos con gusto mientras terminaba de preparar las tortitas dándole el toque final: la nata. Lenta y silenciosamente, Dan llegó hasta a la habitación y esperando ver el cuerpo inmóvil de la joven, percibió en su lugar un vacío en la cama. Las sábanas estaban revueltas y la silueta del divino cuerpo de Alice estaba marcada. Antes de que pesimistas y oscuros pensamientos se apoderaban de la mente del neoyorquín, un carraspeo llamó su atención. En la puerta del baño estaba Alice, completamente desnuda, mostranso sus virtudes más secretas y preciadas. Con el ruido de la la sartén, Dan no había oído el agua de la ducha. Y allí estaba Alice, con el cuerpo impregnado de afortunadas gotas de agua y el cabello chorreando sobre sus firmes y pálidos pechos. Con una sonrisa arrebatadora, Dan se acercó a Alice hasta que en un baile de caricias, besos y pasiones, acabaron bajo el cálido agua de la ducha y la espuma con olor a mora. Después, tras revivir esos momentos de lujuria y éxtasis, los cuerpos de los jóvenes se enrederaon en las escurridizas sábanas mientras disfrutaban del desayuno y acariciaban con sus lenguas los labios pintados de chocolate de cada uno.
Y así, entre recuerdos, sueños y momentos revividos, Dan miró a Alice y se dio cuenta de que su suerte no había hecho más que comenzar. ¡Larga vida a los Estados Unidos!
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