Ella era dura y valiente, jamás tenía miedo de decir lo que pensaba. No le importaba discutir ni ser protagonista de enfrentamientos, simplemente valoraba la sinceridad por encima de todo y no era capaz de no emitir su opinión y de expresar lo que le parecía injusto. Para muchos, era una chica de demasiado carácter, una especie de ogro de ciénaga o de monstruo de las cavernas. Nadie se atrevía a sostenerle la mirada durante más de dos segundo y tampoco a replicarla. Pensaban que sus palabras eran de piedra, que jamás le temblaba la voz y que su corazón era de hielo. Creían que jamás pensaba en los demás, que no tenía sentimientos, que nada valía más para ella que su juicio. Pensaban que no tenía miedos, que era firme cual obelisco y que sólo pensaba en ella, en satisfacer sus deseos y caprichos.
No obstante, cuando ella llegaba a casa y se tumbaba en la cama, su mente no dejaba de divagar ni su corazón de temblar. Podía estar reflexionando horas, mirando un cielo de un gris parecido al de su ya apagada mirada. Dejaba que el rimmel bañara sus mejillas en la ducha, bajo una cascada de agua más cálida que su corazón, aunque ese detalle era desconocido, pues nadie se había molestado en intentar entender su corazón.
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