domingo, 29 de abril de 2012

La chica del pupitre de al lado.

La mayoría de vosotros odiais ir a clase, pero a Matt no le sucede lo mismo. A pesar de que tiene que madrugar más que la mayoría de los de su clase, pues su casa está bastante lejos del instituto, a Matt le agrada hacerlo. Se lava la cara con agua fría, se da una ducha rápida, se enfunda en su sudadera GAP y coge una manzana o un fruto similar para desayunar por el camino. Incluso cuando llueve y las suelas de sus Converse se desgastan sobre el húmedo asfalto, Matt camina con una sonrisa en la cara. De hecho, mira constantemene su reloj y apremia el ritmo cuando se percata de que llegará a clase después del sonido de la campana. No le gusta hacerle esperar a ella.
Sube rápidamente los resbaladizos escalones e ignora el olor de su antiguo instituto, una mezcla entre pintura rancia y goma de borrar desgastada. Recorre el frío pasillo de desconchadas paredes verdes hasta que llega a la puerta de su clase. Se detiene unos segundos e intenta recuperar el aliento perdido durante su carrera. Después, llama dos veces a la puerta y la abre sigilosamente.
"-Pasa, Matt- le dice animadamente la señora Jhonson.
Al fin y al cabo, Matt era un niño de bien. Pasaba desapercibido en clase y sacaba unas notas más que aceptable. Además, era el único que contenía los bostezos en las soporíferas clases de la vieja y cansada profesora Jhonson.

Ignorando las risitas de algunos de sus "compañeros" (por denominarlos de alguna forma), se dirigía a su pupitre, situado más o menos en el centro de la clase. Dos mesas a la derecha estaba su salvación, la razón por la que era capaz de sonriar en un día gris de invierno con la aguda voz de la profesora de fondo. Apenas entendía sus palabras y, lo que estaba claro era que Matt estaba mucho más atento de ella que de la guerra de Troya.

Por supuesto, ella apenas se había percatado de su llegada. Jugueteaba distraídamente con su bolígrafo rosa, garabateando quién sabe qué en su libreta. Ese día estaba más guapa que nunca. Bueno, para Matt cada día estaba más guapa que el anterior. Llevaba sus rizos dorados sueltos, relativamente despeinados. Se había vestido de azul celeste, color que combinaba a la perfección con sus ojos. Como siempre, llevaba las muñecas llenas de graciosas y coloridas pulseras hechas a mano, dando un toque hippie a su look, pero sin perder esa elegancia nata que la caracterizaba. Apenas llevaba maquillaje, tan solo un poco de brillo de labios. ¿Acaso lo necesitaba? No, Matt sabía que no.
No podía dejar de mirarla. Cualquier gesto y movimiento de ella le parecía la más armoniosa danza. Cualquier sonrisa, un rayo de sol. Cuando escuchó su voz al dirigirse a su compañera de al lado, se sintió desfallecer. Conocía de memoria ese sonido, pero cada vez que la escuchaba hablar no podía evitar ese cosquilleo en el estómago.

Imaginaba mil historias a su lado. Estaban hechos el uno para el otor y Matt lo sabía. Él la comprendía mejor que nadie y le haría feliz. Sabría cuidarla como un hermano mayor, divertirle como un amigo y amarla como un novio. Solo él merecía sentir la suavidad de sus labios en su piel. Solo él merecía el privilegio de ser la razón de su sonrisa. Solo él podía soñar con ella de la manera tan bella en la que lo hacía.

Entre tantos sueños y belleza, Matt dejó escapar un suspiro. Y, de pronto, la mirada marina de ella se clavó en la suya y en su corazón.

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