Una vez que emprendí el camino por el verde campo de sus ojos, me percaté de que estaba perdida. Para siempre. Jamás encontraría un antídoto a esa obsesión, a esas ansias locas de que nuestros ojos se encontraran de nuevo. Supe que mis labios no querrían probar otro sabor que no fuera el de sus dulces labios, el de su agitada lengua. Supe que ni acariciar el mármol más suave, frío y excitante podría compararse con la afrodisíaca sensación de palpar su cuerpo entre las sábanas. Supe que jamás podría apartar la vista, sumisa, del hipnótico movimiento de su cuerpo al caminar, al tensar los músculos, al sonreír.
Supe que jamás me volvería a guiar por la razón, que me había convertido en un ser impulsivo y depredador, que ni mis pensamientos ni mis sentimientos me pertenecían a mí.
Supe que había entregado mi corazón y que sólo una acción suya bastaría para hacerme experimentar la más deliciosa felicidad o sumirme en una devastadora desesperación y tristeza. Él ya tenía el control, tenía la llave de mi armadura, me tenía a mí.
Supe y asumí que nunca más hablaría de un yo, sino de un nosotros.
Supe, sin un solo resquicio ocupado por la duda, que me había enamorado.
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