jueves, 29 de marzo de 2012

Sus ojos castaños se habían teñido de un extraño tono bermejo. Su piel, blanca con la leche y fría como los témpanos de hielo. Su aliento, glacial. Su cuerpo, de hierro. Sus pasos, firmes. Sus pestañas, coquetas.
Ella era toda belleza y terror. Era la síntesis del pavor y la hermosura. Era dueña de un corazón gélido envuelto en las llamas del infierno.

Y él... él era un enamorado. Y rompería los icebergs que le separaban de sus labios y se abrasaría con la lava que su mirada agitaba. No la tenía miedo. Pero ella sí. A pesar de su apariencia vampírica, de su fortaleza, de su actitud de desdén e indiferencia, ella tenía miedo a enamorarse.

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