La noche se cernía sobre el cristal de su ventana. Toda su familia estaba ya dormida. El reloj de su habitación le indicaba nerviosamente que debía irse a dormir. Ella lo sabía, y sus orejas aún más, pero sabía que esa noche no iba a pegar ojo.
El recuerdo de las amargas palabras de él, heladas como témpanos de hielo, afiladas como cuchillos, persistían en su mente.
Ella sabía que al día siguiente tendría que levantarse temprano y que, si no se dormía pronto, su cuerpo no se mantendría en pie. Llevaba unos días muy duros y no iba a poder soportar más horas sin dormir. Su corazón tampoco iba a poder aguantar más latigazos. Ella se decía a sí misma que era fuerte, que podía saltar cualquier obstáculo, que nada iba a detenerla ni conseguir que se rendiera. Ella, que se definía como una mujer dura y firme, siempre había creído que no había nada que pudiera hacerla dudar, temblar, sufrir. Ella pensaba que era perfectamente consciente de sus pensamientos y de sus actos, y que ejercía pleno control sobre su alma. Pero no era así.
Sus ojos, cansados y vidriosos, exigían a los párpados que se cerraran, pero ella no les permitía cumplir la orden. Ella se había empeñado en permanecer despierta pensando en él, recordando la disputa, haciéndose daño a sí misma. Era como si se estuviera autoclavando un puñal en el pecho. Era como si estuviera dándose un baño en agua helada. Era como si estuviese magullando las manos y el corazón.
¿Y si él no volvía?
Sólo de pensarlo su cuerpo temblaba. Notaba una presión en el pecho y como el dolor raspaba su garganta (y las paredes de su corazón).
Las lágrimas saladas resbalaron sus mejillas. Y sus párpados, obedientes, se cerraron; se cerraron sobre húmedas pestañas en un profundo sueño que duraría para siempre. Así lo había decidido su agonizante corazón, cada vez más asfixiado por las pastillas que ella acababa de ingerir.
Maldita, ¿por qué lo hiciste?
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