domingo, 4 de marzo de 2012
Ojos que no ven.
La metrópolis madrileña nunca había estado tan fría y solitaria. Fría por el gélido viento que azotaba los escaparates de las tiendas de Gran Vía. Solitaria no por un escaso número de viandantes, pues las calles eran surcadas por auténticas mareas de gente, sino por la lejanía de las almas. Desde ejecutivos trajeados, señoras enfundadas en abrigos de estampados imposibles, estudiantes apresurados y ajenos a todo, sólo atentos de la música de sus cascos: ciudadanos de Madrid, muy lejanos de Madrid. La vida de esas personas se consumía sobre las calles de granito, y su mirada no se detenía ni un sólo instante a contemplar los majestuosos monumentos de Gran Vía, aquellas figuras mitológicas de piedra que libraban su batalla en los ciellos, aquellas cariátides que sostenían los antiquísimos edificios que ya eran arte en sí mismos. Nadie aminoraba la marcha ni cesaba ese paso frenético que le llevaba a quién sabe donde. Nadie cerraba los ojos y dejaba a su olfato viajar por un universo de aromas de pan recién hecho, perfumes femeninos y libros nuevos. Nadie acariciaba la piedra de las paredes, imaginando mil historias un siglo atrás. Nadie se detenía frente a la estación de metro de Callao, contemplando desde ese punto el majestuoso paisaje urbano que la urbe ofrecía generosamente. Por esa razón, cualquiera podía adentrarse en esas aglomeraciones de individuos, pero no de personas. Cualquiera podía ser uno más. Cualquiera podía olvidar su instinto y simplemente dejarse arrastrar hasta las aguas del inframundo, pereciendo sin haber sabido saborear cada segundo de la vida, sin haber apreciado los más minúsculos detalles, sin haber vivido realmente en una ciudad como Madrid.
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