martes, 8 de mayo de 2012

Soledad en compañía.

La niebla sumía las calles londinenses en un ambiente fantasmagórico, aunque eso era algo habitual. La noche era fría y había pasado poco tiempo desde que había cesado la débil llovizna que oscurecía las aceras. A Elena le gustaba observar desde su habitación abuhardillada la soledad de aquel Londres tenebroso y desolado. Evocaba escalofriantes historias como los sucesos de Jack El Destripador, a la vez que imaginaba romances entre la lluvia. Elena reconocía que echaba de menos las cálidas mañanas de su adorada Granada. Añoraba los mágicos paisajes que engalanaban la ciudad, la imponente Alhambra bañada de luz dorada y magia ancestral. Recordaba con una sonrisa a su familia y amigos, siempre autores de una risa matutina o de una mirada humilde y sincera.
En Londres todo era distinto. Las gentes eran tan distantes y esquivas como el sol inglés. La frialdad no solo reinaba en las noches, sino en más de un corazón. Los memorizados modales resultaban bastante calculados para la espontánea Elena que, sin embargo, había acabado acostumrbándose. Siemore te acostumbras. Elena también echaba de menos los desyaunos compuestos por pan con tumaca y los famosos "cafelitos" de su madre, conformándose con un rápido y escurridizo té junto con los enigmáticos muffins. Sí, Elena se sentía ya muy lejana de sus raíces, de su tierra querida, de la gente que la vio crecer, de su cuna. Sin embargo, en ese momento era primordial perfeccionar su nivel de inglés, y no todos los estudiantes tenían la suerte de recibir una beca como aquella. Elena estudiaba Filología inglesa, aunque también estaba muy interesada en la Historia del Arte. Por eso también estimaba a su querida España. Londres es la ciudad cosmoplita por excelencia, pero no tiene esa magia que desprenden las calles españolas. Carece de mágicos recovecos y secretos ocultos siglos atrás. Tiene icónicas cabinas rojas, pero no imponentes acueductos romanos ni los toledanos muros que vieron crecer a El Greco.

Sin embargo, a Elena le gustaba Londres. No era una ciudad, sino otra forma de ver la vida. Elena podía pasar horas paseando frente al Big Ben o perdiéndose en antiquísimas librerías de polvorientos volúmenes. Elena podía sentarse y ver a los fugaces autobuses pasar, a turistas enfundados en chubasqueros y a personas con mil historias que transmitir en sus aparentemente gélidas miradas.

Soledad... qué palabra tan amiga de Elena en esos meses británicos de su vida. Elena había aprendido a convivir con ella, a mirarle a los ojos, a ser feliz en su acogedora pero vacía buhardilla. Sin embargo, esa noche no iba a ser así. Elena iba a romper la exacta y calculadora rutina que caracterizaban su lugar de residencia y su personalidad. Alejó sus curiosos ojos de la visión que la ventana le ofrecía, el banquete de la niebla devoradora de calles y corazones, y dirigió la mirada a su sofá. Era un sillón especial del que se enamoró la primera vez que lo vio en el escaparate de aquella tienda de objetos de segunda (con suerte) mano. Se gastó más de lo que una estudiante emigrante como ella podía permitirse, pero lo compró. Se sentía menos sola con aquel sillón en su "hogar". Pero esa noche, la cita no sería entre el codiciado mueble y Elena. Esa noche, pensó Elena con una sonrisa pícara, sería el testigo de un ardiente encuentro entre una española perdida entre la niebla y un inglés agotado de la perfección. Sería testigo, por fin, del amor y la vida.


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