domingo, 5 de febrero de 2012

Auténtica belleza.

Belleza. ¿Qué es belleza? Es el término más subjetivo que existe.
Hay belleza en el arte, en un paradisíaco paisaje o en una sonrisa. Hay belleza en el movimiento, en la música o en el aroma de los pinos. Y hay belleza en las personas.
Pero, no cabe duda que a veces la belleza puede cuestionarse y que la percepción de la misma cambia con el paso de los años (para algunos).
Siglo XXI. Época de la silicona, de las liposucciones, del colágeno y de la anorexia. Época de Pamela Anderson o de Carmen Electra. Época de Lindsay Lohan o de Victoria Beckham. Fatídica época...

¿Qué es bello? Y, ¿qué es sexy? Incluso la sexualidad y la sensualidad han mutado y, a mi parecer, a peor. Mientras que hoy en día los hombres suspiran por Pilar Rubio, Elsa Pataky o modelos con nombres impronunciables que consiguen trabar lenguas, en la época dorada del cine y de la belleza, la sociedad se moría por Marilyn. Y por Liz. Y por Bardot. Y por Audrey. Y por Natalie Wood.
La belleza no consistía en pechos colosales a la par que artificales. Lo sexy no era ser un palo de escoba. De hecho, la sensualidad no entendía de tallas, sino de feminidad. Y de carisma.

No es extraño ver actualmente infinitos rankins de modelos y actrices en los que la posición que ocupa cada una es proporcional al número de intervenciones quirúrgicas que tenga. El cuerpo humano no debe ser manipulado pues, el cuerpo humano es belleza en sí mismo. La belleza es un diamante, pero no en bruto. La belleza es esencia y la belleza nace, no se hace. Por tanto, os presentaré a unas bellas féminas. Mujeres de verdad. Mujeres femeninas, mujeres auténticas. No Barbies de plástico. Mujeres que marcaron un antes y un después. Iconos de belleza, de estilo. Mujeres cuyos nombres no se olvidan incluso cuando envejen o perecen. Mujeres.

La mirada de la belleza.
Si la belleza tuviera ojos, sin duda serían los de Elizabeth Taylor.

Ni un gramo de maquillaje es necesario para hacer que sea deseada. Su mirada lo dice todo.
Con gran pena y pesimismo, a veces pienso que, a día de hoy, los ojos apenas son apreciados.
Puede que lo sean, pero sólo si van acompañados por sombras multicolores y un par de pechos hinchables. Y es una lástima, pues en la mirada puede leerse todo lo que no se expresa con palabras. Ya casi nadie alaba a una mujer por la belleza de sus ojos.
Y, en este mundo a veces gris y despreciable, a veces es difícil descubrir miradas que desprendan emoción por la vida.
Mejor dicho, es difícil encontrar miradas con apenas un atisbo de vida.

Liz lo tenía todo. Podía robarte el corazón sin que te dieras cuenta, tan sólo preguntándote la hora mientras pestañeaba de forma coqueta y elegante.
Cuando las persianas de sus ojos dejaban ver el mar que tras ellos había, podías considerarte prendado para siempre de ella.
A pesar de sus voluminosas curvas y de su esculpido cuerpo, ella podía conseguir desviar tu mirada de sus femeninas caderas hacia sus ojos.
Y, os planteo una pregunta: ¿eso puede hacerlo alguna de las famosillas de hoy en día?
Creo que la respuesta es obvia...


Pero su belleza no sólo consistía en sus ojos felinos, en su sonrisa inmaculada o en las formas de su cuerpo.
Su belleza se encontraba en sus gráciles movimientos, en sus gestos, en su risa, en su manera de hablar, en ella.
Su belleza era ella misma.
Su naturalidad.
Su manera de ignorar a los complejos.
Ella.


Una rubia de las de verdad.
Cuando preguntas a algunos chicos cual es su chica ideal, te contestan: "Una rubia potente".
Por supuesto, no generalizo y nótese mi tono de humor no tan alejado de la realidad. Pero, ¿para qué mentir? Una rubia con extensiones y botox en la cara es capaz de ¿enamorar? a miles de hombres.
La diferencia con una rubia de verdad, es que cuando las arrugas surquen sus rostros, dejarán de ser deseadas, siendo sustituidas por nuevos "palos de escoba con tetas". Siento mi lenguaje vulgar, pero es algo que sucede, realidad pura y dura.
Sin embargo, érase una vez una rubia rebelde amada, deseada y jamás olvidada.
Érase una vez Brigitte Bardot.

Su manera de plantarle cara a la vida atraía.
Su manera de fumar.
Su manera de posar.
Su manera de caminar.
Su manera de colocarse el cabello.
Su manera de ser.
A mi parecer, Bardot constituye el auténtico prototipo de mujer sexy. Sin complejos, rebelde, atrevida y bella en sí misma, fue capaz de encandilar a miles de corazones enamorados de su cuerpo, de su cabello, de su mirada e incluso de la separación de sus incisivos. Ella supo hacer de eso un modelo a seguir.
Y cuando alguien constituye una moda (pero no pasajera), se demuestra su valor intrínseco.


Los paparazzis intentaban captar el contoneo de sus caderas y el baile de sus piernas atrevidas a embutirse en costuras imposibles. Ella supo hacer de la "chulería" un deseo. Ella era el deseo.

Ella, en definitiva, era una rubia de armas tomar. Una mujer guerrera.
Y, sinceramente, jamás tuvo necesidad de camuflarse entre rimmel y sombras.
Fue ella misma.
Fue Miss Bardott.
Fue, como dicen algunos, "una rubia potente".


El diamante de la corona.
Las calles de Roma dieron la bienvenida a la señorita Hepburn y su Vespa. Aquella señorita que hizo del diamante un complemento del desayuno. Aquella mujer que nos hizo ver la cara divertida e inocente de la vida. Aquella mujer que, con su sonrisa, enamoraba.
Aquella mujer, Audrey.

Ella es el claro ejemplo del acertado dicho: "Es mejor insinuar que enseñar".No fue la reina del destape. Y falta no le hizo.
Nos enseñó que, en la vida, los sueños se cumplen. Y que todo es posible.
Y creo, que muchas "reinas de la belleza" actuales deberían aprender de ella.
Deberían comprender que se puede enamorar con sólo una mirada, una tímida sonrisa o unas palabras.
Ella pudo hacerlo.

Ella era la dulzura personificada. La finura en estado puro. La fragilidad hecha belleza.
Símbolo de la elegancia, hizo del "fumar" un arte.
Hizo de sus fotografías objetos de la reproductibilidad, imágenes icónicas.
Hizo de la vida un sueño.

Musa dorada.
Marilyn Monroe. No es necesario decir más.
Para mí, la que se encuentra en la cúspide de la belleza.
Para mí, la mujer capaz de desafiar a la hermosura.
Para mí, icono.
Para mí, inolvidable.
Para mí, una mujer real.
Para mí, Monroe, Marilyn Monroe.


Con sus faldas volvía a todos locos.Con sus rizos de oro, construyó un objetivo imposible incluso para la mano de Midas.
Con su sexualidad y dulzura al mismo tiempo, fue la belleza natural y real en estado puro.
Con el carmín de sus labios, lanzó besos lejanos a todos sus pretendientes.
Fue una diva, y eso ya lo sabe Warhol.
Hizo de lo pop un arte.
Hizo de su nombre poesía.
Lo hizo todo y a la vez nada para ser lo que fue y lo que es.
Fue inigualable.
Fue increible.
Fue ella misma.
Fue Marilyn.

No importaba cómo fuera vestida ni cómo posara. Siempre era bella. Pero, además, hizo que las mujeres se quisieran, que creyeran en sí mismas. Enseñó miles de lecciones.
Fue y es imitada. Hizo del vestido blanco y el baile con el viento un ejemplo.
Divertida, risueña, auténtica.
No tuvo miedo. "Se comió" a la vida.
Para mí, fue una mujer hermosa. Pero de las de verdad. Natural, sin disfraces.
Nos enseñó y nos enseña que si una no es una misma, jamás podrá triunfar.
Nos enseñó que para ser queridas, hay que quererse primero a una misma.
Nos enseñó todo. Y se fue.
Se fue, pero nunca del todo.
Y nunca se marchará.
Su risa es una llama que nunca se consumirá.


Y, como la diva entre las divas dijo una vez entre flashes y risas:

"No quiero hacer dinero. Yo sólo quiero ser maravillosa."

Y lo fuiste, Marilyn. Lo fuiste, lo eres y lo serás.

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