Las teclas sufrían los contundentes golpes por parte de los dedos de ella. Tac, tac, tac...
Hacía bastante calor en la oficina, pero a pesar de ello los empleados sorbían sus humeantes cafés de máquina. Ellas, en corro, cotilleaban sobre el romance del jefe y su secretaria o sobre los más crudos detalles rosas de la monarquía británica. Ellos, o bien vagueaban entre páginas de coches, dejando a un lado sus soporíferos informes; o bien comentaban con sus amigos el color de la lencería que algunas de las muchcachas dejaban entrever a través de sus blusas de gasa.
Sin embargo, ajena a todo ese mundo estaba ella. Como ya he dicho, sus cortas uñas esmaltadas en rojo hacían repiquetear el teclado con cierta furia contenida. A veces, las enormes gafas se escurrían por su liso y sedoso flequillo rojizo, y tenía que colocárselas de nuevo. Era una maniática del orden. Su escritorio era pulcro y ordenado, con los lapiceros bien afilados y perfectamente alineados y con los folios agrupados por temas. A diferencia de las demás, ella no contaba con carpetas llenas de post-it con mensajes como Comenzar informe para mañana a las 10:00 o 14:00, cita con Brian. Tampoco tenía toneladas de revistas de moda, muffins recién hechos, bolis coloridos y libretas floreadas.
No se tomaba ni un respiro. No podía permitírselo. Trabajaba incansablemente, sin aliento, pero con deseo de más. Apenas se paraba a mirarse en el espejo aquella muchacha de corta melena lisa, grandes ojos verde esmeralda econdidos tras las gigantescas gafas y sencilla y seria vestimenta compuesta por un traje falda-chaqueta color teja. Jane era así. Vivía en su mundo de trabajo y de obligaciones, de informes y documentos, de los jadeos constantes de la impresora o del incesante canto del teléfono reclamando sus servicios.
Su sueldo era bastante bueno pero, ¿merecía la pena? Jane vivía sola en un bonito ático neoyorkino plagado de pinturas contemporáneas y de un estilo minimalista. Tenía gastos, pero realmente no era necesario invertir tantas horas en servir al jefe para aumentar su salario. Porque cuando no estaba en la oficina inmersa en su labor, se encontraba de madrugada en el escritorio de su casa subsistiendo con hirvientes cafés y trabajando a la luz de su moderna lámpara negra.
Él apareció. Un galán apuesto, elegante, de rasgos dionisíacos e impecable porte. De nariz recta y grandes ojos almendrados. De sedosos cabellos castaños que se tornaban dorados. De gruesos y suaves labios apetecibles. Enfundado en su traje de ejecutivo, no presentaba aires serios ni rostro de preocupación, sino que dejando a un lado su iPhone, se dedicaba a pasear por la calle regalando sonrisas y disfrutando de la vida. Jane le veía cada mañana al salir de su casa para tomar el autobús hacia su oficina. Iba siempre con un maletín, saludando a las señoras y acariciando las cabezas de los madrugadores y ojerosos niños que iban al colegio. Sus miradas se encontraban y el la sonreía. Ella, como de costumbre, agachaba la cabeza y continuaba su estudiado y firme paso con gesto serio pero mejillas sonrojadas y ardientes. Y no eran las únicas que abrasaban....
La imagen de Apolo en su cama marcaría su corazón y sus pensamientos para siempre. Apolo, así lo llamaba ella en sus sueños. En realidad se llamaba Harry, y era un importante accionista de brillante carrera y espléndida juventud. Pero, lejos de su corbata azul lapislázuli, sus abdominales refulgían a los rayos de sol que penetraban la enorme ventana de la habitación de Jane. Sus brazos sostenían el cuerpo de ella, y su rostro denotaba placer a la par que felicidad extrema. Jane, por primera vez, se había despojado de sus enormes gafas de topo para que sus pupilas se dilatasen con libertad, su boca gritara libre, sus cabellos se balancearan, su flequillo sudoroso se le pegara a la frente y sus manos acariciaran y arañaran el esbelto cuerpo de Harry. Jane supo lo que era besar con pasión, acariciar con pasión, gritar, saltar, rodar, sentir, volar. Jane se olvidó de su jefe y de sus cotillas compañeras. Se olvidó de su ordenador. Se olvidó de sus tareas. Se olvidó de todo, menos del corazón. Disfrutó por primera vez de la vida.
Y, con una tímida sonrisa en los labios, Jane despertó de sus sueños en su vacía y fría cama para afrontar un lluvioso día en la ciudad de Nueva York y, enfundándose en su brillante chubasquero, divagar en sus pensamientos en la ajtereada oficina, recordando sus sueños como algo real que, sin saberlo, pronto se haría realidad.
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