¿Por qué la soledad era su única amiga?
Ella no quería aceptarlo, pero así era.
Intentaba luchar contra aquella amargura que poblaba su mente y contra aquel dolor inmenso que atestaba puñaladas a su cada vez más moritificado corazón.
Ella, que siempre había mirado a la vida a los ojos.
Ella, que siempre había sabido ver lo bueno de las personas.
Ella, que había creído que con una sonrisa podría conseguir todo lo que se propusiera.
Ella, que había rechazado el pesimismo por encima de cualquier cosa.
Ella, que había canalizado todos sus esfuerzos en un aliento que impulsara a las almas errantes y solitarias.
Ella, ahora tan incomprendida...
¿Había sido todo un engaño, entonces?
¿Había creído vivir un continuo Carnaval, una vida colorida y con aroma a frutas del bosque?
¿Todos sus amigos y seres queridos eran una farsa?
¿Todos sus esfuerzos habían sido en vano?
¿El bien que había visto en todos los seres humanos se había desvanecido?
Ojalá conociera la respuesta...
Pero el tiempo pasaba, y ella se sentía cada vez más indefensa.
Era fuerte, pero le era difícil continuar a ese paso tan vertiginoso propio de la vida.
No sabía si podría soportar un golpe más, pues su alma ya se resquebrajaba.
Era una niña. Al menos, para ella, todavía lo era. No dudaba en creer en las hadas, al igual que en principitos que ensillaban nobles corceles y caballeros que portaban rosas color carmín.
Era una soñadora innata. Inventaba mil historias en cualquier momento del día. Siempre paseaba por su mundo de ensueño vestida de color celeste y descalza. Descalza, descalza sobre una hierba color esperanza y de la textura del algodón. Descalza, en realidad sobre lava ardiente que la hería todavía más.
Descalza, ciega y desnuda. Frente al peligro. Frente a la tristeza. Frente a la soledad. Frente a la inquietud.
Oía las risas de los demás, ya muy lejanas a su mundo encantado. Risas cada vez más diabólicas. Ese sonido la aturdía. La nublaba la vista. Hacía que sus rodillas flaquearan y que apenas pudiera sostenerse en pie.
Su corazón albergaba de todo. Pero la punzada de dolor jamás se marchaba.
¿Nunca lo haría?
Ella no podía soportarlo más.
La única vía de escape a sus temores y tristezas era escribir. Escribir de forma poséida y entregada. Escribir furiosamente, como la lluvia que azotaba los cristales de su habitación, como las púas que se clavaban sin pudor en sus carnes y en sus órgaos internos.
Sangraba. Lloraba lágrimas color bermejo que se fundían en sus labios.
Y no podía dejar de hacerlo...
Y, por desgracia, para cuando despertara de aquella pesadilla, ya sería demasiado tarde...
Las apariencias engañan. Y lo más doloroso que puede sentir un ser humano, es intentar aparentar estar bien cuando el dolor le consume y carcome por dentro.
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