Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. El verde de sus ojos se inundaba más y más, desbordando un torrente lacrimógeno, una cascada salada, una salida. El pecho oprimía su corazón, desgarrándolo, aplastándolo, magullándolo. La presión era constante, y ella apenas podía tenerse en pie. Le sangraba hasta el alma, brillantes gotas de sangre que acariciaban su interior provocando la más delicada pero dolorosa sensación. Se sentía tan desdichada... No podía concentrarse, no podía dedicarse a sus labores, su mente recordaba cosas que ella misma quería olvidar, pero no podía. El recuerdo seguía ahí, punzante y mortífero, dañando cada vez más su fuero interno. Se moría al pensar que a partir de ese momento algo cambiase. No, eso nunca. Ella no quería eso por nada del mundo. Si ocurría, jamás sería la misma. Viviría en las penumbras, aislada, hecha un ovillo en lo más recóndito de su habitación. Viviría reptando, con el corazón hecho jirones, con los ojos constantemente vidriosos, con una permanente sonrisa rota. Tendría que convivir con esa presión en el pecho y en el estómago. Sus piernas flaquearían toda su vida. El frío se apoderaría de su interior, para siempre. Un gélido viento que cada mañana la despertaría, aunque ninguna noche pegaría ojo. Estaría viajando por horripilantes pesadillas que la martirizaban cada vez más, y más, y más... Estaría condenada a rodar por su cama, a pasar noches en vela, observando el techo con nostalgia y amargura. Para ella, jamás brillarían las estrellas. Jamás disfrutaría con una puesta de sol o con un paisaje de ensueño. Jamás se abandonaría ni experimentaría sensaciones afrodisíacas.
Jamás. Sin él, ella nunca disfrutaría de la vida. Sin él, su vida se extinguiría y su alma perecería. Para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario