Tu vida estuvo marcada por la miseria. Como los comedores de patatas, estrechaste la mano del hambre. Careciste de todo. Jamás conociste el lujo, ni la riqueza, ni la fama. Nunca experimentaste la sensación de sentirte admirado. Ni siquiera te atreviste a soñar con el éxito, con que tu nombre resonara y se propagara como el eco más bello. Fuiste un genio, pero moriste sin saberlo.
Supiste también lo que era el amor. El amor hacia tu hermano que, sin tener nada, te intentó dar todo. Todo pincel era bien recibido y, a cambio, lo deslizabas por los desgastados lienzos creando vida, vida que aún perdura. Y ese amor fraternal se plasmó en vuestras cartas, cartas de cariño, de confianza, cartas entre hermanos. Querido Vincent, te tambaleaste sobre el hilo de la muerte y traspasaste el muro de la locura. Bendita locura... Las luces y los brillos inundaban tu mente y tus pinturas. Paisajes imposibles, fantasías coloridas llenaban tu intricado cerebro y las desgastadas paredes de tu más que humilde vivienda. Rodeado de oscuridad, de la monótona y cruda realidad, conseguiste soñar, que no es poco. Conseguiste crear nuevos mundos, conseguiste viajar en primera clase al país de las noches estrelladas y los trigales dorados. Conseguiste hacer de los girasoles, los enemigos del sol por el dorado brillo de sus cabellos. Lo conseguiste. Y, sin embargo, nadie te lo agradeció.

Vincent, ¿cuánto tiempo pasabas fantaseando entre las paredes de tu habitación de arista?

El tiempo pasaba. Theo estaba cada vez más lejos. La soledad entabló una fatídica amistad con la locura. A veces no conseguías controlarte. Las noches se te antojaban más movedizas y sinuosas que nunca. Tu vida era un borrón. Pero las luces... ¡ay, las luces! Supiste crear el mundo de luces jamás imaginado. Podías pasar horas observando la noche. Noches azulonas, noches jóvenes y juerguistas, noches maléficamente bellas. Noches ricas que portaban suntuosos collares de estrellas doradas. Estrellas presumidas que observaban con altanería su reflejo en las enamoradas aguas. Historias de amor nocturnas que conociste de primera mano. Noches que intimaron con tu agonía. Noches que te volvieron más loco, más genialmente loco.
De lo que no hay duda alguna, es de que la locura también crea lazos amistosos con la agresividad. Nunca fuiste reflexivo, jamás te pensabas las cosas dos veces. Ni tres. Gaugin te tenía un poco "de los nervios". Los gritos y las recriminaciones caían como agua helada sobre tu nuca. El ambiente podía cortarse con los más afilados cuchillos. Cuchillos y puñales que hacían sangrar tu alma. Y que hicieron sangrar ese lóbulo de tu oreja que tan famoso te hizo. A veces, Vincent, se habla más de ese macabro suceso que de tus obras. No te lo tomes a mal. La sociedad busca el morbo. La televisión actual nos alimenta con raciones diarias de violencia y pesadilla.
Pero... el fin definitivo se acercaba.

Pero... el fin definitivo se acercaba.

Lo sabías. Siempre lo supiste, endemoniado Vincent. Al atestar a tu vida el golpe final, dañaste un poco más al mundo que de verdad importa, al mundo de tus sueños. Los cuervos sobrevolaban aquellos trigales de colores imposibles que hoy nos narcotizan. Volaban en círculos alrededor del cádaver de tu esperanza. Ya no quedaba nada por lo cual vivir. Nada importaba ya. Nos avisaste, pero no nos dimos cuenta. Eras un ser indiferente e ignorado y nadie prestó atención a esos cuervos pregoneros de la muerte del mayor genio de todos los tiempo. De aquel que sería genio cuando fuero un descompuesto y putrefacto cuerpo abandonado. Aquel genio que descansaría en una empedrada y desgastada lápida junto al cuerpo de tu amado hermano Theo. Aquel cuerpo portador de una mente prodigiosa y demente. Tu cuerpo.
Vincent, tus cuadros hoy valen dinero. Pero dinero de verdad. Auténticas millonadas. Vivimos en la época de la reproductibilidad, y miles de copias de tus lienzos adoran los hogares de los más altos cargos, de señoritas de abrigos de pieles y joyas del Nilo. Los museos mantienen una constante batalla por conseguir una pintura tuya. Hoy en día, poseer "un Van Gogh" te hace más importante, toda una celebritie. Moriste de hambre y de pena. De soledad. De marginamiento. Y hoy en día todos te aman. Malditos...
Pero, no debes enojarte ni entristecerte pues... dicen que alguien permanece vivo siempre que su nombre sea recordado. Oh, y te aseguro, querido Vincent, que tu nombre no permanece sólo en los libros de Historia del Arte. Tu nombre permanece clavado cual alfiler en nuestros corazones. Y para aquellos que no confiaron en ti... el castigo siempre será el remordimiento de haber sido ignorantes y no haber sabido apreciar la perfección en estado puro. Les has dado una lección, querido Vincent.
Pero, por favor... que jamás se haga de día en tu noche estrellada.
Pero, por favor... que jamás se haga de día en tu noche estrellada.



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