En numerosas ocasiones, fantaseamos sin cesar con fantásticos viajes a ciudades de ensueño. Nos perdemos en las páginas de los catálogos, observanos los monumentos inmortalizados y aquellos nubarrones de turistas que posan con radiantes sonrisas en la fotografía.
Roma y sus helados de la plaza Navona nos parecen irresistibles. El Coliseo nos saluda, imponente, con sus ruinas consumidas bajo el abrasador sol mediterráneo. La Fonta di Trevi, testigo de cientos de historias de amor, de besos de adolescentes, de despedidas entre lágrimas, de monedas envejecidas cargadas de deseos. Las Vespas pasean entre las antiquísimas basílicas, saboreando ellas mismas el aroma de la pizza margarita y de los raviolli.
El Big Ben nos da la bienvenida riñéndonos ligeramente por nuestra falta de puntualidad. Mientras tanto, nosotros casi volamos hasta las enigmáticas cabinas rojas, quizá un poco aburridas de tener que posar con tantos turistas que desean llevarse el más típico recuerdo londinense. Y como no, ya que las Vespas escasean en este lugar, "pasearemos" en el Golden Eye, pero esta vez en el cielo.
París decide saludarnos con sus habituales engalanadas palabras. El lujo puede palparse en los jardines Elíseos, y la elegancia puede percibirse en cualquier boutique. El Louvre, cuna de artistas y de dioses, abre sus puertas, aunque probablemente los japones y sus aparatosas cámaras estén más atentos en disparar más flashes que de dejarse llevar por la esencia de Davincci y su Giocconda. Y, como no, en esta ocasión también volamos para captar la imagen más conocida y parisina: la torre Eiffel. Eso sí, no nos marcharemos sin dejarnos fascinar por las coloridas vidrieras de Notre Dame y por las mil y un historias que se cuentan en las calles acerca de romances en los áticos, observadores de los cielos púrpura de la ciudad del amor.
El azul de las aguas griegas no podría ser más intenso. De película. Películas de luchas, pero de luchas a gran escala, de luchas de dioses. El pasado helénico es capaz de absorbernos, nos fascina, y nos hace caminar sobre las ruinas hasta el mismísimo Partenón que, a pesar del paso del tiempo, conserva la grandeza de esa Atenas de Pericles.
Otras aguas más oscuras y profundas nos separan de las tierras europeas. Nueva York. Los Ángeles. ¿Quién no ha soñado con recorrer de noche la ciudad neoyorkina en un taxi amarillo? ¿Quién no se ha imaginado haciendo un all in en uno de los extravagantes y luminosos casinos de La Vegas? ¿Y quién no se ha enamorado todavía de la playa de Santa Mónica? ¿De verdad que nadie ha deseado sentir el tacto de las manos de Marilyn Monroe que en su estrella que nos dejó? Son destinos de ensueño, ciudades encantadas, lugares llenos de vida, de historias, de increibles monumentos y lugares escondidos. Objeto de nuestros sueños y protagonistas de nuestras fantasías, deseamos viajar, viajar y viajar, y poder decir con orgullo "He visitado Moscú, Praga, París y Canadá". Sin embargo, creo que, aunque viajar sea una de las aventuras más fascinantes que existen, creo que a veces nos dejamos llevar por lo místico y lo lejano, y rechazamos el disfrute de los afrodisíacos placeres que nos ofrece nuestra cuna, nuestro hogar, nuestro Madrid.
Os ruego que, aunque sea por un momento, dejemos diluirse todas nuestras preocupaciones, todos esos problemas que a veces nos amargan la existencia. Dejemos las peleas familiares o los exámenes suspensos. Dejemos las rupturas dolorosas o el estrés del trabajo. Olvidemos. Olvidemos y, de repente, aparezcamos en Madrid. En Gran Vía. Mezclémonos con la marea de gente. Peor no nos limitemos a caminar, a visitar los lugares más típicos y después marcharnos a casa. Debemos disfrutar, sentir, cerrar los ojos y escuchar el repiqueteo de unos suntuosos tacones a la par de la dura suela de las botas de un joven punk. Viajemos siglos y siglos atrás hasta el más desértico paraje, hasta la tierra de los faraones, hasta el templo de Debod. Regalémosle a nuestras papilas gustativas los más grasientos bocadillos de calamares de la Plaza Mayor o los más exquisitos churros de San Ginés. Observemos el espectáculo de los mimos, las sonrisas de los niños al recibir un globo, los romances que surgen, las amistades que se consolidan sobre los suelos graníticos de la ciudad. Esforcémonos por un momento en situarnos en época pasadas, en los ensanches de Castro, en la Biblioteca Nacional del XIX, en las expectativas de un monarca más preocupado de actuar como alcalde de la agitada ciudad que de su corona, Carlos III. Conozcamos. Volemos. Amemos.
A veces, no tenemos por qué recorrer miles de kilómetros ni surcar por los oceános para encontrar lo verdaderamente importante.
A veces, lo más valioso, se encuentra cerca, muy cerca. Tan cerca que podemos olerlo y acariciarlo. Tan cerca como Madrid.

Muy emotivo, pero sobre todo, muy urbanita, como solo tú sabes hacerlo. Me encanta tu manera de ver la ciudad. ¿Me prometes que algún día viajaremos juntas?
ResponderEliminar