Sus ojos ya estaban acostumbrados a la penumbra de su habitación. Ella podía pasarse horas, años, décadas, entre las sábanas de raso inmersa en la oscuridad. Miles de pensamientos surcaban su mente y una angustiosa presión le oprimía el pecho. Sus ojos se inundaban de lágrimas, y de alfileres su corazón. Los alfileres atravesaban todo su cuerpo, pero también todo su alma. Lloraba lágrimas de sangre y tenía pesadillas. Esa era su vida. Día tras día estaba rodeada de oscuridad, llantos y horror. A veces, encontraba un respiro. Él regresaba. Ella se dejaba engatusar por su voz arteciopelada y sus palabras de cuento de hadas. Tonta de ella, incluso se imaginaba que tenía derecho a sentirse como una princesa...
Pasaban juntos unos días, o quizá semanas, de ensueño. Su romance era envidiado, las heridas de ella cicatrizaban y en su habitación penetraba un rayo de luz, al igual que en su corazón. Con él, regresaba la paz. Ella se sentía completa, y no un monstruo de las tinieblas. Ella despertaba cada mañana con una sonrisa, canturreando y caminando con movimientos de bailarina. Ella se sentía bella, desprendía hermosura por los poros de su magullada piel, y sus apagados ojos grises volvían a poseer esa llama de vida que tanto tiempo llevaba extinguida. Ya no sentía las agujas. Ni una de ellas se clavaba en su cuerpo, en su alma, en el hilo del que pendía su vida. Ninguna macabra pesadilla abrumaba su agujereado cerebro. Ninguna lágrima roja dibujaba sinuosos senderos en sus mejillas. E, increiblemente, reía. Se pasaba eternas temporadas sin recordar como era ese sonido: la risa. Pero cuando él regresaba, cuando él la besaba, ella reía. Reía a carcajadas, deliciosamente escandalosa. No sentía aquella dolorosa presión en el pecho, sino un extraordinario cosquilleo. La vida ya no parecía tan intricada. Sentía, incluso, que era feliz. ¿Feliz eternamente? Por desgracia para su herido corazón, no.
Él se volvía a ir. Se marchaba, sin más. Ni siquiera dejaba una nota que dijera "Querida, tengo que marcharme, volveré". Nunca. El corazón de ella se paraba al darse cuenta de la ausencia de su amado. Comenzaba a sentir frío en todo su cuerpo, una brisa helada que paralizaba sus pestañeos, que la dejaba sin respiración. Sus delgadas piernas temblaban, sus huesudas rodillas no podía sostener la pena que inflaba su corazón. Caía de rodillas. La oscuridad, de nuevo, se cernía sobre su habitación y sobre su vida. Las lágrimas de sangre volvían a inundar su mirada, más gris y oscura que nunca. Gris como las noches de ceniza que ella observaba desde su habitación con la escasa esperanza de verlo aparecer. Apenas podía dormir, y cuando lo hacía las pesadillas regresaban, risueñas y asesinas. Lo imaginaba con una muchacha más bella, una lozana joven de grandes ojos color cielo, sedosos cabellos dorados y curvas de guitarra. Una princesa, pero de las de verdad. Con corona enjoyada y todo. Sin embargo, sabía que volvería. Siempre volvía. Era un círculo vicioso, el eterno retorno de Nietzsche se cumplía. Se iba, volvía, eran felices, volvía a marcharse. Y cada vez que lo hacía, una nueva grieta atravesaba su corazón. Un corazón roto, literalmente. No sabía como frenar aquella hemorragia de sufrimiento. Las agujas atravesaban su corazón más fuertemente que nunca. No sabía si aquella vez sería capaz de sobrevivir. Con cada pensamiento en honor a él, una nueva aguja aparecía en su cuerpo, rasgándole la piel y la vida.
Dicen que es imposible romper algo que ya está roto, destrozar algo que ha sido extrangulado en numerosas ocasiones. Mienten. Ella es el ejemplo de que todavía se puede quebrar un corazón quebrado.
Y, sin embargo, ella siempre le espera. Desea que vuelva, y perdona. Los momentos con él, aunque escasos, son capaces de cerrar sus heridas momentáneamente. Heridas que vuelven a abrirse con la furia de un ciclón, un horripilante esperpento para su cuerpo, cada vez más débil, cada vez más sangrante (y sangriento).
Y, la macabra princesita, seguía esperando a pesar de todo en su trono de alfileres. Por si volvía su eterna condena.

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