Cuando el chocolate abrasó su lengua, Sarah volvió por fin a la realidad. Estaba en una pequeña cafetería observando desde el cristal los nevados árboles y arbustos de Central Park. Solo veía abrigos de piel, gorros de lana, botas de agua y personas que, con paso apresurado, dibujaban sinuosas figuras de vaho. Así era la Navidad en Nueva York. Bueno, mejor dicho, el día después a la noche de Fin de Año. Y ese era el lugar donde había decidido refugiarse, escondida bajo su grueso jersey color crema y buscando consuelo en una taza de chocolate caliente y en una cookie del tamaño de su puño. Sabía que tenía mala cara y que las orejas invadían su rostro delgado y blanquecino, pero poco le importaba. Aquella noche habían pasado demasiadas cosas y no sabía si subirse a la barra y sacar a bailar al camarero entre saltos de alegría o esconderse bajo las mesas para llorar. Podía visualizar con total claridad el momento en el que llegó a la fiesta de Nochevieja luciendo orgullosa su entallado vestido rojo y su elegante moño dorado. Recordaba los espumillones y las sencillas luces que decoraban el local, en el que estaban todos sus amigos. Se vio a sí misma rodeada de gente, riéndose por tonterías y haciéndose fotos con muecas estúpidas mientras bebía una copa tras otra. Hasta ahí, todo bien. Quiso parar, frenar, detenerse y no acordarse de nada más. Pero, inevitablemente, regresó a aquella fiesta, concretamente al momento en el que apareció aquel chico alto y moreno al que no había visto jamás. Era un amigo de una amiga de un amigo. Era majo y le gustaba la buena música. Sus ojos verdes eran bonitos y le salían hoyuelos al sonreír. Le agradaba su compañía y olía bien, no a un perfume fuerte ni caro, sino a limpieza y sencillez. ¿Brandon? ¿Danny? ¿John? Demonios, no había entendido cómo se llamaba. Pero, ¿qué más daba? Solo le interesaba bailar, bailar sobre sus tacones y abrazada a ese chico que parecía sacado de una serie de adolescentes guapos. Hubo besos, algunos en público y otros en un rincón del local. Después, fuera, con los abrigos puestos y un cigarrillo en la mano. Y, más tarde, muy lejos de allí, sin rastro de la gente, de la música ni de la fiesta. Era una cama desconocida en una habitación pulcra y ordenada. Y Sarah no quería irse de allí jamás.
Se sentía extraña. Nunca había creído en el amor a primera vista que suelen prometer las comedias románticas de Jennifer Aniston. Pero ese chico era distinto. Era especial. Y eso que no sabía su nombre. Pero había memorizado sus facciones, el aroma de su camisa, el tacto de sus mejillas y el timbre de su voz. Eso era lo que contaba y lo que le impulsaba a no olvidarse de ello. Dejó la taza de chocolate sobre la mesa de madera de pino, pagó la cuenta y salió a enfrentarse con el frío polar. Y con la realidad. Y con las llamadas de sus amigos pidiendo detalles. Y con la búsqueda de la persona que, en solo unas horas, había dado verdadero sentido a su vida.
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