"Escribe lo primero que se te ocurra".
Así le dijeron y así lo hizo. No era algo fácil para un chaval de diecisiete años que apenas se despegaba de sus videojuegos, pero lo consiguió. Le costó lo suyo (en concreto, dos horas y cuarenta minutos frente al folio en blanco), pero acabó escribiendo. Su boli Bic acariciaba el papel con una leve rudeza y su inspiración dormida fluía poco a poco de su mente descolorida. Y de esta forma, nació ella.
Elena. Elena era alta y esbelta, de rasgos finos y pómulos ligeramente marcados. Sus ojos eran grandes y cristalinos, tranquilos como el mar Mediterráneo, dulces como las lagunas escondidas. Su melena era del color del trigo y del brillo de la miel, miel apetitosa como sus labios rosados y su inmaculada piel. Nadie igualaba su belleza celestial, su rostro perfecto e imperturbable, su elegancia al caminar y saludar con la cabeza. Daba algo de miedo y a veces parecía una de esas esculturas griegas de mármol, tan serenas que hasta parecían tensas, tan perfectas que a la vez eran frágiles. Pero entonces sonreía y todo cambiaba. La luz poblaba su mirada celeste y humanizaba su rostro divino. Sus movimientos se tornaban más naturales, más mundanos, más sencillos. Su risa era como una suave brisa primaveral que arrastraba el aroma de los jazmines y de los árboles frutales. Su presencia aliviaba como la sal en las heridas y era difícil no pensar en ella a cada momento. Elena era una de esas personas que marcan, de la que siempre se recuerda el nombre, por la que se derraman lágrimas, por la que se escapan suspiros y sonrisas. Elena era una selva sin explorar, un océano plagado de tesoros sin descubrir, una de las sorpresas que la vida da de vez en cuando.
Desde que guardó la arrugada hoja de papel en el fondo del cajón de los calcetines, no hubo noche que no soñara con ella. Elena le hablaba ataviada con un vaporoso vestido blanco o con unos Levi´s desgastados y una gorra de béisbol. Se aparecía en sus sueños y le llevaba a la orilla del mar, sumergiéndose en las olas y acariciando la arena con sus infinitas piernas desnudas. Otras veces, corría por el centro de la ciudad, sumergiéndose entre la gente, ajustándose su abrigo rojo y sonriéndole de vez en cuando. Incluso, en alguna ocasión se acercó tanto a él que pudo sentir su respiración cálida, su beso lento y algo superficial, su larga mirada de despedida. Hasta que él cogiera el bolígrafo otra vez y le diera vida de nuevo.
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