No era perfecta ni mucho menos.
No sacaba dieces y se le daban mal las mates.
No tenía una melena de ensueño y le costaba poner el flequillo en su sitio.
No era de los populares del instituto ni tenía demasiado éxito con los chicos.
No tenía la relación ideal con sus padres y a veces se sentía incomprendida.
No tenía un rostro de cine ni un cuerpo diez.
No era demasiado ágil y solían elegirla de las últimas en los juegos de equipos.
No sobresalía en nada en particular ni llamaba demasiado la atención.
Sin embargo, cuando entraba en su habitación, todo cambiaba.
Subía al máximo el volumen de la música, cerraba los ojos y se dejaba llevar.
Vibraba al ritmo de la guitarra e imitaba las grandiosas voces de sus ídolos.
Se subía a la cama y saltaba. Se sentía libre, en su mundo, adaptada.
Se sentía la más especial, se sentía perfecta, se sentía ella misma.

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