domingo, 26 de agosto de 2012

ÉL, elegante, impecable, aplicado, inteligente, serio, caballeroso, culto, realista.
Se anudaba perfectamente la corbata y nunca comía fast-food.
Le gustaba Chopin y el arte japonés.
Leía el periódico todas las mañanas y jamás perdía las llaves.
Su descapotable negro siempre brillaba y su casa estaba ordenada y apenas adornada.
Su móvil sonaba sin cesar, pero su sueldo era alto.
Tenía un plasma en el que veía documentales de pingüinos.
Era un maestro del ajedrez.





ELLA, despreocupada, atrevida, despistada, soñadora, perezosa, risueña, escandalosa.
Trasnochaba viendo pelis de terror y atiborrándose a palomitas en su destartalado piso.
Llevaba mil pulseras y coloridos calcetines.
Escuchaba a Janis Joplin y leía poesía.
Trabajaba de camarera, pero era la alegría del local.
Adoraba la comida picante y los pubs con karaoke.
Siempre perdía las cosas y no le gustaban demasiado los museos.
A veces conducía demasiado rápido su pequeña Vespa.
Cuando llovía, se olvidaba a propósito el paraguas.







Como el hielo y el fuego, la tierra y el viento, el norte y el sur, la niebla y la tempestad.
Tan diferentes, que jamás se imaginaron que el destino los uniría en un grisáceo día de marzo en el que tropezaron (él, por leer los mensajes de su estresado móvil; ella, por jugar a no pisar las líneas de la acera).










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