lunes, 18 de junio de 2012

Un flechazo inesperado.

Cuando salieron del pequeño pub, el cielo rugió. ¡Vaya momento para ponerse a llover!
Lisa se tapó la cabeza con su bolso rojo, pero era inútil. Sus lisos cabellos rubios ya estaban empapándose, al igual que la ropa y su rostro.
Dan agarró su mano y, dedicándole una pícara sonrisa, comenzó a correr, tirando de Lisa.
La joven corría lo más deprisa que podía bajo aquel cielo que parecía a punto de romperse en mil truenos.
La mano de Dan era cálida y suave, y Lisa no pudo evitar preguntarse si sus labios tendrían el mismo tacto.
Pero, ¿en qué estaba pensando?
Al fin y al cabo, le conocía de dos días.

Lisa era irlandesa y había viajado a Londres para ver a su prima Nicole, una bloguera de moda cada vez más famosa en la red, desfilar. El desfile tendría lugar al día siguiente, y en vez de estar descansando, a Lisa no se le había ocurrido otra cosa que dejarse engatusar por aquel chico rubio y sonriente que le atendió hace dos días en la cafetería de Abbot Road.
Sin embargo, ella misma sabía que era inevitable. Desde que sus ojos se habían cruzado en ese ambiente de aroma azucarado, habían sentido algo en su interior. ¡Un flechazo!

Al principio, Lisa renegó de su sentimiento. Era una chica muy perfeccionista que no creía en esas estupideces de amor a primera vista. Vale, el chico era guapo y tenía un rollo alternativo muy atractivo, además de ser gracioso y estar sonriendo todo el rato. Sí, también era fan de The Who y le gustaba leer a Nietzsche. Sí, desde el primer momento se fijó en Lisa y se esforzó por hacerle sentir como una princesa. Sí, hasta le regaló un rico brownie inglés. Vale, Lisa tenía que reconocer que el chico era perfecto, pero al fin y al cabo le acababa de conocer. Además, pronto estaría en las verdes tierras irlandesas, rodeada de sus amigos de siempre, sus libros y su rutina. No debía encapricharse de aquel muchacho, solo sería su amigo, no quría sufrir al despedirse de un posible amor fugaz.

No obstante, tras conocerse en la cafetería, los jóvenes se cruzaron esa misma noche en un paseo frnete al Big Ben. No pudieron evitar sonreír al reconocerse, y lo cierto es que acabaron riéndose a carcajadas en medio de las calles londinenses. La síntesis de nerviosismo y alegría que Lisa sentía en el pecho no era normal. De hecho, alegando que tenía prisa intentó escabullirse del sonriente Dan, pero este fue más rápido, sacando de su desgastado abrigo un papel con un número de teléfono.

Lisa le miró incrédula.
- ¿Qué pasa? Lo escribí en cuanto te fuiste apresuradamente de la cafetería, pues sabía que volveríamos a vernos y que no tendríamos mucho tiempo.A Lisa no le quedó más remedio que coger el papel que Dan le tendía.

No dejó de pensar en él, hasta que no pudo soportar más ese cosquilleo en el estómago y decidió llamarle para acabar con la agonía.

Y así habían acabado en esa noche lluviosa y grisácea bailando con sabor a gin tonic en los labios y con lluvia sobre los zapatos y los cabellos momentos después.

Dan siguió corriendo veloz, pero no encontraba ningún local abierto para refugiarse con Lisa. Esta estaba cada vez más empapada y ya se estaba haciendo a la idea de su futuro como sirena.

Dan estaba ensimismado observando la lejana vista del London Eye, cuando de repente tuvo una idea. Tiró aún más fuerte de la mano de la joven, y juntos corrieron veloces hacia el refugio improvisado de Dan.
Sí, una de las emblemáticas cabinas londinenses.
Los jóvenes entraron en la cabina roja de reducido espacio y, sin decir una palabra, observaron como la tormenta se tornaba más furiosa y la lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la cabina. Las calles londinenses estaban aún más grisáceas y difuminadas que de costumbre, y lisa estaba maravillada con los secretos de aquella ciudad.

Lejos ya del frío de las gotas de lluvia y la pegajosa niebla, Lisa sitió un agradable calor. Lo cierto es que su cuerpo estaba muy cerca del de Dan, al igual que sus rostros. Podía sentir el aliento del chico en sus labios y la textura de sus manos en las suyas.

Por fin, se miraron. Dan no pudo reprimir una risita al ver como se había arruinado el rimmel de Lisa, dibujando unas lágrimas negras sobre su aterciopelado rostro. Los ojos azules de la joven estaban rodeados por unas coronas negras que se deshacían en riachuelos que surcaban sus mejillas, y sus cabellos dorados se pegaban a su rostro haciéndolo parecer más aniñado y sexy a la vez.

Lisa también percibió cada detalle del rostro de Dan. Sus grandes ojos color miel brillaban sobre aquel fino rostro húmedo sobre el que descansaban sus cabellos rubios. Estaba despeinado y empapado, pero el brillo de su mirada y su constante sonrisa permanecían.

Y, tras esos instantes de miradas y pensamientos, se besaron. Sí, sin más. Sus cuerpos se acercaron aún más y sus labios se rozaron poco a poco. Después, Dan tomó delicadamente el rostro de Lisa entre sus manos y siguió besando sus mejillas, su barbilla y, sobre todo, su dulce boca.

Lisa intentó resistirse, pero solo en su cerebro, porque su corazón le ordenaba otras cosas que su sistema nervioso tomó al pie de la letra: seguir disfrutando de aquel beso con aquel "extraño".


Y así, la desierta ciudad de Londres en aquella lluviosa noche de luna llena fue el único testigo de aquel primer beso de una historia de amor que no entendió de kilómetros ni de distancia, y que hoy sigue forjándose con la fuerza y la pasión del día que se conocieron y de aquellos besos entre cristales empañados.

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