domingo, 27 de noviembre de 2011

Ese día de principios de marzo no llovía, pero el frío se adentraba en cada resquicio de mi cuerpo. Caminaba rápido, con paso enérgico, adentrándome cada vez más en la marea de gente que salía del metro. Había gente de todo tipo: hombres trajeados y elegantes que portaban The Guardian en las manos, mujeres embutidas en majestuosos abrigos de pieles dispuestas a tomar el té y hablar de todo (y de todos), niños escurridizos dirigidos a sus escuelas con sus graciosos uniformes azules, apresurados ejecutivos, universitarias risueñas con sus ropas vintage... Pero todos coincidían en algo. Todos tenían prisa. Todos eran absorbidos por el espíritu londinense, todos dirigiéndose a las bocas de metro, a tomar un croissant en la cafetería o, simplemente, a un lugar más tranquilo en el que sentarse a ver el imponente Big Ben que sobresale entre el resto de los edificios reclamando atención y admiración.















Tras atravesar las calles más transitadas de Londres, llegué por fin a una calle tranquila, silenciosa (dentro de lo posible) y, sobre todo, que albergaba la cosa más bella del mundo. En algunos de los edificios de estilo renacentista había tiendas de ropa vintage, pastelerías con los famosos, coloridos y apetecibles cuopcakes, tiendas de discos de vinilo, y magia. La magia londinense. Esa atmósfera que, cuando te sumerges en ella, te conviertes en alguien nuevo. Es algo indescriptible. Esa mezcla entre el mundo moderno y el siglo XVIII. Esa belleza de la lucha entre la prisa y la quietud. Gente, gente interesante, gente de todos los tipos, de todas las apariencias. Afroamericanos hippies, estiradas damas de la alta sociedad, graciosas pelirrojas con faldas escocesas, gruesas pasteleras de rostro bonachón, chicas punk que venden discos mientras escuchan God save the Queen y mascan rítmicamente sus azucarados chicles... Sí, ese es Londres.

Seguí caminando por las desgastadas aceras, saboreando la belleza de ese día gris, de la alegre sonrisa de una niña, del repiqueteo de los tacones de una elegante secretaria que se dirige a su trabajo con café en mano. Me detuve un momento frente Fred´Shop. Observé mi reflejo en el cristal de la tienda del amable anciano que se ganaba la vida vendiendo sellos y algún que otro producto de papelería. Delicados sobre y papel de cartas floreado, delicioso papel que, algún día, sería el soporte de bellas palabras de amor, de extensas cartas cargadas de llanto, o de un simple "Te quiero". Observé mi reflejo y vi a un hombre de veinte años recién cumplidos, sedoso cabello castaño, elegante abrigo gris, considerable altura, miel en sus ojos, sonrisa robada. Pero, sobre todo, el amor en su rostro. Ese era yo, un hombre enamorado. Enamorado de alguien especial. Del ser más bello que puede existir. De alguien... que todavía no conocía.

Pensé en entrar a saludar al viejo Fred.
"¿Qué hay, Fred?"- le diría.
"Andrew, querido, ¿qué tal lo llevas en la empresa de tu padre?"- me contestaría.
Sin embargo, no tenía mucho tiempo. Ella estaría a punto de partir a la Universidad. Ahora mismo le acabarían de servir el humeante café. Y ella, con una sonrisa radiante, lo agradecería, mientras leía Shakespeare entre cálidos sorbos. Por ello, seguí adelante. Seguí caminando, con paso más acelerado. Sin previo aviso, choqué con una bella señorita un par de años mayor que yo. Sus cabellos azabache y sus verdes ojos parecían invitarme a algo más que un encontronazo. Pero yo me disculpé rápidamente y seguí mi camino. Por fin lo vi. Mi rincón favorito de Londres. Ni la antigua librería de Abbey Street podía parecerme mejor que esa adorada cafetería que hacía esquina y los mejores cafés de Londres. Sentí un nudo en la garganta, la nuca acalorada, las mejillas encendidas. Ya estaba en el umbral de la puerta. Estuve a punto de marcharme, pero no lo hice. Nuna lo hacía. Al igual que nunca hablaba con ella...
Pero allí estaba. En una mesa, leyendo Shakespeare, sorbiendo el ardiente café. Allí estaba, son su cálida sonrisa. Allí estaba, con su muffin de chocolate y sus largos cabellos enredados entre sus brazos. Allí estaba, radiante, bella. Allí estaba ella.


Se llamaba Kate. Kate Parker. 19 años. Estudiante de Literatura inglesa. Le encantaban los Beatles. También los Rolling. Adoraba las Converse, también los tacones. Sus piernas esbeltas se envolvían entre delicadas medias. Sus rubios cabellos se encontraban libres, aunque a veces se los recogía en un improvisado moño. Su sonrisa era preciosa, sus ojos todavía más. Eran del gris del cielo londinense.
A veces me preguntaba cuánto tiempo llevaba mirándola. Pero no me refería a esa mañana... La vi por primera vez en una helada y nevada mañana de diciembre. Llevaba un grueso gorro de lana blanco y un jersey de cuello alto, que le hacía parecer un cisne. El más bello de todos. Me quedé prendado nada más verla. En ese momento leía Hamlet. Me interesé por ella. No descansé hasta conocer su nombre. Hasta saber que su color preferido es el verde. Hasta descubrir que le encantaba patinar sobre hielo y escribir en su diario. Pero todo ello lo supe sin cruzar palabra con ella. Investigué, me arriesgué, la observé. Pero nunca me atreví a hablar con ella. Y nunca me miró. Nunca. Oh, Kate...
Sin previo aviso, Kate se levantó. Con su gigantesco bolso y libro en mano, se puso su elegante gabardina marrón. No tenía mucho tiempo, llegaría justa a la Universidad. Pensé en hablarla. Por una vez. Vamos Andrew, eres un tío valiente. Que no se diga de ti. Me levanté. Me dirigí a la puerta. Ella estaba entretenida recogiendo sus cosas. Bien Andrew, puedes hacerlo. Le saludarías y ella te contestaría con su aniñada vocecilla. Te miraría a los ojos y te dedicaría una sonrisa. Bien, ya se acercaba. Un choque.
"Disculpe"- dijo Kate- "iba pensando en mis cosas y no le he visto en la puerta".
Contéstala. Vamos, Andrew. Pero no, no pude. Simplemente la miré a los ojos. Pero sólo un instante. No me atrevía a perderme en ese mar grisáceo. Bajé la mirada. Mi corazón estaba acelerado. Ni siquiera la contesté. No volvería a verla. Nunca más volvería a esa cafetería a simplemente observar como la joven desayunaba y sonreía con los versos de Shakespeare. Nunca más volvería a imaginarme historias junto a ella, a imaginarme tardes lluviosas paseando bajo su paraguas por Oxford Street. No merecía la pena. Había que ser realista, era demasiado perfecta para mí. Acabaría con un rockero rebelde o con un bohemio fan de Queen. Nunca se fijaría en un tipo serio y aburrido como yo que simplemente se dedicaba a mirarla y a conocer detalles de su vida sin nisiquiera atreverme a saludarla. Un desconocido enamorado, estúpido, por cierto. La observé alejarse. Ni siquiera miró atrás. Seguro que pensó que yo era un idiota. Ni siquiera le dije que no pasaba nada por habernos chocado en la puerta. La observé caminar, con sus graciosos y apresurados andares. Con su cabello bailando entre el frío viento londinense. Yo ya había pagado mi café, por lo que metí las manos en los bolsillos de mi abrigo y salí a la calle, sintiendo el golpe del aire en mi cara. Un momento... Había algo en mi bolsillo. Sí, un papel. El corazón me dio un vuelco. Espera, sería la tarjeta de la empresa de mi padre. O cualquier tontería. Lo saqué. Oh, era una hoja de papel con aroma a rosas y adornada con bordes floreados. Con una letra cursiva, elegante, estaban escritas las palabras que cambiarían mi vida. Las palabras que, en los próximos días, meses, años, me harían el caminante más feliz de todo Londres.


574 28 77 21
No sólo tú eres observador, Andrew.

Kate.


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