El valle que se disponía a los pies de la cordillera generaba en Garthon la más pura melancolía. El verde esperanza destacaba entre las rocas grisáceas que aspiraban a acariciar el cielo, aunque esperanza había bastante poca. La mente de Garthon viajaba por lugares extraños, por mundos perdidos, por sitios realmente lejanos de los Alpes. Sus pensamientos eran vapor, eran humo, eran polvos que volaban cada vez a mayor velocidad, confundiéndole, aterrándole. Se le escapó un suspiro. Los recuerdos le invadían. Todavía conservaba su aroma, todavía recordaba el fino tacto de su piel. Las imágenes se agolpaban, peleándose unas con otras, se difuminaban, se disolvían. Pero Garthon no lo olvidaba. Garthon no olvidaba los momentos vividos en las horas anteriores, embarcándose rumbo al olvido en un mar de recuerdos anclados en su alma para siempre.
Dirigió la vista hacia arriba, hacia el pico alpino más alto. Allí estaba la pintoresca cada madera en la que había bailado un valls con el placer y la pasión. Allí había estado con Katherine, la joven más bella del mundo. Allí estaba Katherine. Recordó con claridad la conversación de ambos frente a la chimenea, mientras las llamas crepitaban y el calor inundaba la estancia. Mientras tanto, la incipiente primavera alpina les regalaba una paradoja. Un día ventoso, nublado y muy frío llamaba a la puerta de la cabaña. Incluso algunas gotas de lluvia se habían atrevido a besar a la fresca hierba. Sí, las circunstancias les habían obligado a encender la chimenea y a contarse historias de todo tipo junto al ardiente corazón de la misma. Garthon observaba a su amada con dulzura. Era tan bella... Los cabellos rojizos eran eternos, cayendo casi artísticamente sobre los hombros de la joven. Los rasgos de la muchacha eran perfectos, una piel tersa debido a la temprana edad, una nariz pequeña, unos labios gruesos y apetecibles, una hilera de perlas entre los mismos, piel blanca y marfileña, ojos verdes y profundos. Verde intenso. Verde esperanza. La risa de Katherine era toda una caricia para el oído, su imagen un regalo para los sentidos, su belleza un presente de los mismos ángeles. Garthon se preguntaba cómo podía existir un ser de tal perfección. Ya casi no escuchaba sus palabras, sólo se limitaba a observar los movimientos de sus rosados labios, su forma encantadora de pestañear, su voz ligeramente aniñada, el fulgor de su sonrisa. Katherine se había levantado a deleitarse con las delicias del paisaje de la sierra alpina y Garthon ni siquiera se había percatado de ello. Observó la silueta de la joven. Su vestido de lino blanco dejaba entrever las formas de la muchachas, formas femeninas, apetecibles. Su silueta era envidiada por Venus. Su rostro debía adornar las Puertas del Paraíso. Sus cabellos eran ansiados por las más preciosas sirenas. Garthon se levantó, y sin apenas darse cuenta, susurró unas palabras al oído de la dama.
El dormitorio era amplio, blanco, inmaculado, como el vestido de Katherine que yacía en el frío suelo. La cama, de sábanas blancas, también era de grandes dimensiones, cómoda, propiciaba el descanso. Aunque no era lo que se daba en dicho instante. Garthon disfrutaba de la visión más maravillosa del mundo. Vivía un momento épico. Como el más dichoso escultor, acariciaba con sus manos las infinitas curvas de la mujer, su blanca y suave piel. Los dedos se enredaban en los cabellos encendidos de la joven. Miles de besos eran regalados a las infinitas montañas del exterior. Suspiros. Caricias. La verde mirada de Katherine brillaba más que nunca. Su sonrisa era todavía más amplia. Su aroma perfumaba la estancia y la piel de Garthon. Cuerpo con cuerpo, entrelazados. Más caricias, más besos con sabor a fresas, dulces y carnosas fresas eran los labios de aquella criatura creada por Cupido. Y no sólo eso: reinaba el amor. Garthon no sólo se quedaba ensimismado con la belleza de Katherine, de su Katherine, si no que amaba con toda su alma su corazón, deseaba protegerla, ella era su prioridad. No podía ser más feliz que mientras la estrechaba entre sus brazos. No podía sentirse más dichoso que cuando miraba las infinitas piernas de su amada. No podía dar más gracias al cielo que cuando se perdía en el verde de los ojos de la muchacha. Y los besos, esos besos... Aquella pasión era digna de ver, demandaba espectadores, y la luna llena obedeció, saliendo a escena para morir de envidia ante aquella estampa llena de hermosura; y para vengarse.
La montaña de nuevo. El valle extendiéndose en su falda. Garthon pensativo, melancólico... Sólo son recuerdos. No sabía cuanto tiempo llevaba allí. Pero era tan real... las imágenes eran tan vívidas... Se imaginó a Katherine a su lado, observando con encanto el maravilloso paisaje escarpado que le regalaba la naturaleza. Ella con su vestido blanco. Ella con sus cabellos color bermejo. Ella con su rostro de niña, con su temperamento de mujer. Ella, belleza personificada, perfección terrenal, dulzura humanizada. Ella. Katherine. Su amada. Su amor.
Garthon caminó hacia su nido del amor, hacia la cabaña de madera que se alzaba valiente frente aquel paisaje sobrehumano. Al llegar a la puerta, las piernas le temblaron, se sintió desfallecer. Sintió una punzada de dolor en el pecho, una sensación que lo consumía, un sentimiento que lo estaba martirizando, un alma mutilada. La puerta se abrió con un chirrido, y Garthon se adentró en el hogareño salón. La chimenea estaba apagada y el frío lo inundaba. Pero quizá ese frío provenía del corazón de Garthon. Siguió avanzando con cautela. Se topó por otra puerta, la puerta que había ocultado su momento más feliz, los deliciosos momentos vividos con su Katherine entre aquellas sabanas blancas. Abrió la puerta.
- Hola Katherine.
Aquellas sabanas blancas que habían envuelto a los amantes en un enterno beso ahora abrazaban el cuerpo de Katherine. Era dolorosamente bella. Pero su rostro no reflejaba paz...
Sus ojos verdes se encontraban abiertos, desorbitados, fijos en todo y en nada. La piel de la joven era pálida, pero no como de costumbre, sino semejante a los copos de nieve que alimentaban el valle alpino en estaciones más frías y en zonas más cercanas al cielo. Cercanas al cielo como lo era Katherine. De eso podía estar seguro uno. Su bondad y su dulzura serían recompensadas. La boca de la muchacha estaba entreabierta, destapando esos dientes del color de la luna llena. La luna llena...
El cuerpo desnudo e inerte de la joven descansaba, ajeno a todo. Y el contraste, macabro contraste... La piel de porcelana y nevada de la joven contrastaba con el rojo de su pelo, con el rojo de sus labios y con el rojo de su sangre. Las profundas heridas adornaban su vientre. La sangre seguía recorriendo y perdiéndose por sus piernas. Su cuello también había sido coronado por una violenta magulladura. La sangre se mezclaba con las sábanas blancás, que apenas podían absorverla ya. De la boca deliciosa de Katherine también nacía un río de sangre que desembocaba en el inmenso mar de su cuello y su pecho.
Todo empezó a desaparecer, a difuminarse, todo era borroso. Llegó un momento en el que Garthon sólo distinguía el rojo d ela escena que, por otra parte, era predominante. Las lágrimas que invadían sus ojos le impedían ver, lágrimas que inundaban la visión. Dolor. Desesperación. ¿Qué sentido tenía la vida si regalos celestiales como Katherine dejaban de existir, protagonistas de un dramático final? La risa de la joven todavía resonaba en la cabeza de Garthon, al igual que observaba con total nitidez las sinuosas curvas de la mujer, saboreando sus cálidos besos. Pero ahora el frío inundaba la piel de Katherine, al igual que la estancia y el alma de Garthon. Se giró. Se marchó. Pero antes, no pudo evitar detenerse en el umbral de la puerta y observar aquella terriblemente hermosa escena en la que muerte y belleza se fundían en un beso fatal.
El frío aire alpino le alivió. Lo sintió en su rostro. No volvería más la vista atrás, no dirigiría más miradas a la cabaña, intentaría no pensar en lo que dejaba atrás, el lugar dónde por primera vez había sido feliz y la mujer a la que había amado, amaba y amaría profundamente el resto de sus días. ¿Pero que solución había ya? Sólo lamentarse. La noche se extendía sobre el escarpado relieve, sobre la soledad de Garthon. El dolor le partía el alma, le quebraba la existencia. Garthon volvió a sentarse sobre la alta roca. Miró a la luna llena, la verdadera artífice del fatídico crimen, la verdadera asesina de Katherine, la culpable de la locura de Garthon y de sus acciones. Parecía reírse de él desde su hogar entre las estrellas. Y Garthon lloró.
Y su aullido resonó y se perdió entre las montañas, para siempre.
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