Me duele acordarme de él. Solo teníamos dieciséis años cuando salimos juntos. Más que una relación, fue un romance fugaz de esos que no se olvidan. Nuestros planes eran sencillos y nuestro pasatiempo favorito era sentarnos en un banco del parque a comer pipas y reírnos de todo y de nada. Hablábamos de cosas insignificantes como los exámenes que teníamos en el instituto o la serie de televisión que nos tenía enganchados cada martes por la noche. Me gustaba su voz, suave y serena, perfectamente acorde a su sonrisa sencilla. Y, cada vez que sonreía, una tenue luz se instalaba en sus ojos azules y aniñados. Yo me sentía como una tonta, sonrojándome con sus piropos y bromas, llorando de tanto reír, temblando cada vez que me cogía la mano. Nunca había conocido a una persona tan especial.
No había nada que no me gustara de él. Éramos felices en todo momento: cuando íbamos al cine y nos peleábamos por las palomitas, cuando me acompañaba a la parada del autobús entre abrazos, cuando me prestaba su chaqueta en invierno, cuando me desvestía en verano, cuando su boca sabía a chicle de menta, cuando me hacía cosquillas a pesar de mis quejas, cuando me despeinaba el pelo solo para que le riñera entre risas, cuando me enviaba mensajes de buenas noches al móvil, cuando me robaba la agenda y me escribía en ella chistes malos, cuando me decía que tenía los ojos más bonitos que jamás había visto, cuando me robaba la lechuga de mi hamburguesa, cuando imitaba los bailes de Michael Jackson para hacerme reír, cuando me pasaba el brazo por la espalda para alegrar mis días malos, cuando me prometía que lo nuestro era para siempre, cuando me decía entre suspiros que jamás sería capaz de odiarme hiciera lo que le hiciese, cuando se despedía de mí con un suave beso en los labios, cuando se volvía apasionado y después enrojecía, cuando me hacía fotos sorprendiéndome desprevenida, cuando hacía rimas con mi nombre, cuando me decía que me quería.
Por desgracia, todo en la vida se acaba. Es así, todo tiene fecha de caducidad. Hasta nuestros seres queridos acaban despidiéndose de la vida, dejándonos desamparados. Pero hay que salir adelante porque cuando unos se van, otros vienen. El amor también es así. Nunca se olvida a nadie que en un momento de nuestra vida ha ocupado nuestro corazón, pero eso no quiere decir que no haya espacio para que se instale otra persona. La vida es precisamente eso, un brebaje de recuerdos buenos y malos, de nostalgia y de presente, de experiencias y presagios, de romances archivados y amores candentes.
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