No es fácil creer en uno mismo cuando nadie confía en ti. Diana se sentía sola e inmersa en una eterna derrota. Ni siquiera le gustaba su nombre, a pesar de que su madre insistía en que provenía de la mitología griega. ¿Y qué? Ella no era ninguna diosa con poderes sobrenaturales. Tampoco era poseedora de una belleza celestial. Tenía el pelo demasiado rojo, la piel demasiado blanca y los ojos demasiado verdes. Para ella, todo era demasiado. Demasiadas pecas, demasiada delgadez, demasiada sensibilidad... No se conformaba con nada. Hacía tiempo que no reía con ganas y que no se miraba al espejo con una sonrisa. Al fin y al cabo, no le gustaba lo que veía. A Hugo tampoco le gustaba ya. Poco a poco, se había ido distanciando de ella con excusas baratas. Diana sabía que él no quería una chica pesimista y deprimida a su lado, por lo que la mejor solución había sido deshacerse de ella de la forma más sutil posible. Lo cierto es que tampoco le importaba demasiado. Hubo un tiempo en el que estuvo enamorada de él, enamorada de verdad. Tenía ganas de besarle a todas horas, de sentir esos besos de verdad, de los que vienen acompañados de un abrazo. Adoraba acariciarle y que su olor se le quedara impregnado en la ropa. Había memorizado cada mota dorada que flotaba en el iris de sus ojos almendrados, cada mechón rubio de su pelo, cada hoyuelo de su sonrisa. Los días transcurrían deprisa porque estaban juntos. Reían y lloraban juntos a todas horas. Se contaban todo sin palabras y compartían los helados. Se hacían cosquillas hasta acabar desquiciados y hasta cuando discutían terminaban abrazados sobre la alfombra. Diana era tan feliz que a veces sentía que su pecho iba a estallar en mil rayos luminosos. Sentía dolor con tan solo mirarle y pensar que algún día podría perderle. Pero, en realidad, ese día se le antojaba muy lejano. Se equivocaba. Pero ya no le importaba, y podía afirmar esto sin pestañear y con el corazón en la mano. Ya no le importaba nada.
El invierno es una época triste para muchas personas. La lluvia emborrona la alegría de las calles y el frío erosiona las mejillas de los niños, que ya no pueden salir a jugar al parque. El sol se esconde pronto, tímido. No hay estrellas. No hay vida. A Diana le sucede todo lo contrario. Adora que haga frío, porque así tiene una razón para refugiarse entre las mantas de su cama cada noche. Le gusta la lluvia porque se siente limpia y purificada cada vez que las gotas recorren su cara como lágrimas heladas. Se siente refugiada en su habitación, observando los coches escarchados y el vaivén de gorros y bufandas de colores que recorren las calles. Se olvida de Hugo y de esa familia que no cree en ella. Se abraza a sí misma, lee muchos libros y escucha canciones tristes que para ella no lo son. Incluso, se permite el lujo de sonreír mientras dibuja con los dedos sinuosas siluetas en los cristales empañados de su ventana. Donde unos ven soledad, Diana ve paz. Donde unos ven sufrimiento, Diana ve consuelo. Donde unos ven oscuridad, Diana ve vida.
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