martes, 28 de abril de 2015

Nada

Enero despierta; febrero, bosteza; marzo se despereza y abril... tropieza.

El tic-tac del reloj y un cambio de estación. Sentía que no estaba viviendo su vida, que solo la veía pasar. Estaba cansada de ser una mera espectadora, de sentirse incompleta y haberse olvidado de soñar. Un día creyó que era una diosa, una criatura poderosa con mil objetivos y otros mil planes. Ahora se veía como una frágil mariposa que volaba sin rumbo y sin visión. Ya no se pintaba los labios de rojo ni cantaba en la ducha. Hacía tiempo que no trasnochaba y que no reía hasta que le entrara flato. Ahora solo había vacío. La nada. ¿Cómo liberarse de esas cadenas? ¿Cómo recuperar la luz de sus ojos? ¿Cómo vivir, vivir y vivir?


El mar. ¡Cuánto lo echaba de menos! Sus papilas gustativas se habían aficionado a la sal y, sus pies, al tacto de la arena abrazada a la espuma. Una vez sus ojos fueron verdes como la marea. Una vez. Un día.




Cuando era niña, tenía hoyuelos. Los tenía porque se reía y gesticulaba. ¿Por qué no regresar?

El tiempo se escapa. Ella no podía. Nadie puede. Nadie huye de él. Nadie muere feliz.

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