lunes, 8 de junio de 2015

El lenguaje de los libros

Mario tenía por costumbre contar libros. Cada mañana se zambullía en la marea de personas ojerosas de la estación de tren y, una vez en el vagón, se fijaba en los libros de los pasajeros. Los contaba y observaba sus tapas, a veces duras y otras blandas. Admiraba los colores y trataba de interiorizar el olor a libro viejo, o a libro de biblioteca, o a libro electrónico. Las letras, de distintos colores y tamaños, bailaban ante sus ojos, seduciéndole. Y él, como siempre, acababa cayendo en su juego.

Aquel martes de junio, estaba especialmente cansado. Esa noche había estado discutiendo hasta las tres de la madrugada con su novia -ahora exnovia- que estaba estudiando en Irlanda. Aún tenía clavada en sus pupilas la imagen de Susana, una Susana enfurecida que resoplaba sin cesar. "Vamos, Mario, es una putada y lo sabes. Vamos, Mario. Joder...". Y continuaba resoplado y jugueteando con su trenza negra. "Es lo que tiene la distancia. Yo necesito contacto físico y diario". Los ojos en blanco y más resoplidos. "Te mereces algo mejor. Alguien de tu facultad de Medicina o esa vecina tuya tan guapa". Mirada reprobatoria y un hondo suspiro. "Bien, se acabó. No dices nada, como siempre. Eso es lo que me harta, lo que me desespera. Dick no es así, no lo es". Sus ojos azules clavándose en él, en espera de una respuesta absurda a sus justificaciones. "Adiós, Mario, que te vaya bien. Bye". Pantalla en negro. Pero a Mario no le hacía falta ningún color. Sabía que Dick era pelirrojo, de piel rosada y brazos fuertes. Tenía claro que Susana no se pasaría la noche llorando por sus dos años de relación, sino hinchándose a cerveza en los brazos de ese irlandés pijo. Y no la culpaba, la verdad. ¿De qué servía amargarse y hundirse en la miseria? Pero él no era capaz de desconectar, al menos no en el mundo de los vivos.

Una sacudida repentina lo despertó. Era martes de nuevo y estaba en el tren. ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo? ¿Se habría pasado de parada? No, su trayecto era largo y aún le quedaban cuatro. Cielos... ¿cuántos libros no había contado durante su siesta matutina? Odiaba perderse libros y pasajeros con libros. Ya empezaba mal el día, de eso no cabía duda. Sin embargo, su enfado comenzó a amortiguarse cuando la vio. Estaba sentada frente a él, distraída leyendo su libro. Antes de mirar su cara se fijó en las tapas. Oh, Dios... Estaba forrado con papel de un catálogo de un hipermercado para que no se estropeara. Cómo aborrecía ese tipo de cosas... Cuando veía los libros que leía la gente, sentía que se adentraba en sus personalidades. Podía saber mucho de las personas, independientemente de su sexo y edad, con solo ver el autor del libro que estaban leyendo. Pero esta chica se había construido su propia muralla de papel de revista y no podía acceder a su personalidad de ninguna manera. Pero, lejos de ahuyentarle, esa incógnita acrecentó su interés. Por eso, se fijó en su cara, un rostro ovalado y suave de pómulos ligeramente marcados. Su nariz era pequeña y sus pestañas largas. La melena, lisa y anaranjada, caía en cascada sobre sus delgados hombros, escondidos tras una fina blusa de seda. Sus manos eran pequeñas, de dedos cortos y finos, muy delicadas. Pasaba las páginas con cuidado y mimo, como acariciándolas. Mientras leía, algunas palabras insonoras se dibujaban en sus finos labios. Y, sin esperarlo, detuvo su estado de concentración y levantó la vista. Le había sorprendido mirándola fijamente y ya no tenía sentido apartar la vista. Tampoco quería hacerlo. Desde ese momento, supo que esos ojos verdes cambiarían su vida y su forma de ver el mundo por completo. Supo que su afición, contar libros, sería sustituida por contar los lunares de su frágil cuerpo. Supo que ya no viajaría solo en el tren y que la aguda voz de Susana se perdería en el olvido. Con esa mirada supo tantas cosas... menos su nombre.

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